24 de abril de 2016

Chernóbil, yo también



Sí, yo también viajé a Chernóbil. ¿De turismo radiactivo? Tal vez. Encajó en un viaje a Ucrania con una perspectiva mucho más abierta pero pasear por las desoladas calles de Pripiat  y cerca del reactor protagonista fue también posible, para fotografiar y evocar así en imágenes una catástrofe inolvidable. Ahora, con su aniversario, la memoria revive aquel acontecimiento y lo trae de nuevo a los papeles impresos y pantallas. Compartí el viaje y la experiencia con Josu Iztueta, viajero empedernido,  con Belén Lobos y Ander Izagirre, también periodistas, y con Ander comparto espacio y relato en las páginas de la revista Nuestro Tiempo que publica la Universidad de Navarra. Diez imágenes, por elocuentes que sean, no valen tanto como diez mil palabras de Ander Izagirre. Quien tenga la oportunidad lea su relato: LAS CICATRICES DE CHERNÓBIL








11 de abril de 2016

Yo también ehualumni relevante




Insignia de la EHU
Algo habremos hecho bien, o por lo menos distinto.
Lo digo a propósito de la iniciativa que se pone en marcha desde la UPV/EHU (Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Universitatea) para fomentar el vínculo entre la institución y los titulados en esta universidad mediante la creación de EHUalumni.
Ya son muchos años los transcurridos desde que allí, en una universidad creciente y con Facultad de Periodismo aún en fase fundacional, inicié aquel período para encontrar caminos a mi práctica fotográfica. Corrían unos convulsos años 80 pero mi tarea fotoperiodística había comenzado ya. Y sigue todavía sin un objetivo de convertirse en referencia pero sí de hacer algo cada día un poco diferente.
Tal vez por eso esa insignia de ehualumni se asienta tan bien en mi mano


Año 1983

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1 de abril de 2016

Caminando sobre el océano








Por los mejores escenarios de la costa de Euskal Herria

Ya quisiéramos, ya, ser capaces de caminar sobre el océano. Pero todavía no, todavía no es posible hacerlo literalmente aunque sí, rizando el rizo sobre esa expresión literaria del titular, hacerlo sobre la tierra que baña el mar. Y eso de caminar por donde el mar suena es toda una experiencia de múltiples emociones sensoriales, porque sentir la tierra bajo los pies mientras se escucha el batir del oleaje y se respira el iodo marino solo puede hacerse de aquel modo: “caminando sobre el océano”.  
Casi sería lo mismo decir que hacemos montañismo en el mar o, jugando a buscar equivalencias, que llevamos la experiencia de las montañas sobre la costa. Esa era una parte de nuestro propósito cuando establecíamos el guión de este libro que nos mueve: experimentar la práctica del caminante pero sin montañas como referencia, convertida esta en el mar, siempre el mar. Otro de nuestros propósitos ha sido intentar desentrañar y traer a la luz algunos misterios, acaso recontar algunas leyendas o desmontar otras teorías mal defendidas sobre los mundos que se relacionan con nuestro mar, ese viejo Golfo de Bizkaia para los marinos. ¿Por qué hay piedras redondas con agujero en nuestros acantilados? ¿Por qué las mareas esconden o desvelan rocas a capricho? ¿Por qué el sol no sale o se marcha siempre por el mismo horizonte del mar?
Tampoco podríamos haber evitado aproximarnos a excelsos paraísos donde las olas baten a capricho pero también han sido creadoras de paisajes, formas y relieves fantásticos. Por allí van también nuestros caminos costeros, a veces escondidos del mar, otras muy cerca del salitre. Caminamos también por parajes donde algunos privilegiados levantaron mansiones de mirada lejana, donde las voluntades guerreras instalaron defensas o fortificaciones, castillos y trincheras. Claro, en el mar no pueden faltar las referencias de tierra para quienes navegan; están las montañas que los marinos utilizan como señales para moverse sobre el océano y a nosotros nos sirven de tierra para explorar y están también esas señales luminosas que cobran vida con la noche y nosotros convertimos en aliados de nuestro viaje. ¡Cuantos territorios diferentes para el viaje curioso!
Pero que nadie piense que somos descubridores de mundos. No hemos inventado nada porque ya sabemos que los primeros caminos sobre nuestras rasas mareales no los hicieron ni los montañeros ni los exploradores sino los vecinos de los caseríos que sabían dónde encontrar las mejores pescas, los agujeros donde se escondían los pulpos y cómo sacarlos de allí para hacer su olarrosopa; acaso también algunos avezados marineros que buscaban escondidas calas para atracar allí sus embarcaciones, peregrinos que pisaban viejas calzadas o, tal vez, modernos cosechadores de algas. Los caminos terrestres ya estaban y nosotros los recorremos leyendo su alma y haciendo sobre ellos nuestro propio camino que siempre es interior. Esta vez con la mirada puesta en el océano.


De este a oeste, caminando con el sol
El libro “los mejores paseos por la costa vasca” desarrolla una lista de propuestas senderistas de todos los niveles y dificultades, en su mayoría accesibles a todos los públicos, siempre sobre los paisajes costeros de Euskal Herria.
Una decena de rutas tienen la costa de Lapurdi como escenario, una veintena larga caminan la costa guipuzcoana y también pasan de la veintena las que se mueven frente a los mares de Bizkaia, de modo que quien decida recorrer algún día todo este inventario de senderos podrá terminar presumiendo de conocer perfectamente la costa vasca.
El índice de nuestro trabajo se ha desarrollado de este a oeste por seguir el recorrido solar y marchar con su luz iluminando los caminos de modo que cada itinerario o propuesta se puede realizar de modo independiente aunque también hay alguna propuesta para recorrer largas distancias enlazando varias rutas consecutivamente.
En los itinerarios que lo requieren proporcionamos un mapa del recorrido y todos están acompañados de una ficha técnica y sugerentes fotografías que ayudan a saber qué es lo más bello de cada rincón costero.


31 de marzo de 2016

Industria vasca del hierro en crisis

Ahora que la industria del hierro vasca está de nuevo en crisis no nos tenemos que olvidar de recordar los orígenes: las viejas ferrerías, los antiguos y primitivos hornos de reducción a base de mucha madera, viento y agua.
La ferrería del Pobal es en Bizkaia el emblema de esta historia del Hierro y la hemos mirado desde una perspectiva elevada.


26 de marzo de 2016

Cosas de bomberos


A EUSKAL HERRIA GOITIK BEHERA le suceden cosas simpáticas, emocionantes diría yo. Y la última es una de bomberos. No tiene nada que ver con esos trabajos que a menudo me solicitan y que yo defino de “fotógrafo bombero” y solucionador de reportajes inconclusos, no. Tiene que ver con 25 bomberos que se jubilan en los parques de Bizkaia.
Hace unos días recibía una llamada de teléfono:
-          Santi, he visto que tienes el libro Goitik Behera a la venta en tu web y que lo firmas y dedicas. Y me parece un trabajo precioso pero verás, cada año hacemos un regalo simbólico a los bomberos que se jubilan, algo relacionado con Euskal Herria y este libro es perfecto para eso-.
-          Bien, me alegro- , respondí.
-          Además hay bomberos que se jubilan del parque de Markina y por eso es mucho más apropiado; supongo que ya sabes por qué-, me explicaba el bombero a quien se le había ocurrido la cosa.
Sí que lo sabía: la primera imagen del libro Goitik Behera es de la cantera de mármol de Markina porque allí comenzó mi segunda vida y allí comenzó la historia del libro. En aquella cantera, sobre un lecho blanquecino de espesos polvos de mármol, quedó tendido mi cuerpo herido, despedido a más de una decena de metros del helicóptero en el que nos habíamos estrellado y en el que morían mis compañeros Iñaki Pangua, Rubén Cortijo y Roberto Arenas.
No lo recuerdo, no recuerdo nada. Lo supe tiempo después por el relato de un bombero del parque de  Markina, una de las primeras manos amigas que cuidó de mí aquel día: “estabas lejos del helicóptero y te movías, te querías levantar y solo decías: me llamo Santi y vivo en Llodio”.

Por eso es bonito que los bomberos hayan pensado en Goitik Behera, por eso es bonito cómo esta historia cierra un círculo de acontecimientos de fotógrafo y sobre todo de bomberos. 


20 de marzo de 2016

Fotógrafo deportivo, periodista también


Calculo que ya pasan de treinta los viajes que he realizado a los Picos de Europa a cubrir como periodista y fotógrafo la veterana Travesía de Esquí Andrés de Régil. Primero fui como esquiador de montaña, luego como periodista especializado, ahora realizo el servicio de comunicación de la prueba. Dos jornadas intensas de mirar a las montañas y a los deportistas, a las máquinas de subir y bajar desniveles que son ahora los esquiadores.
Lo contaba y he contado hoy para que lo repartan los medios interesados. Algo así como lo que sigue.

Ni de encargo. Porque una jornada que se esperaba nublada y triste ha amanecido radiante para recibir en las nieves de los Picos de Europa a casi doscientos esquiadores de todas las edades con ganas de disputar la 41 Copa Andrés de Régil-Trofeo Kutxabank de esquí de montaña.
La noche descargó en los Picos y era nieve, una capita de harina sobre las hierbas, una liviana espuma blanca sobre el manto que en las cotas altas se había medido con 2,5 metros de espesor. El nevadón de este invierno tardío cumplió las expectativas que los lebaniegos conceden siempre a la “rabá de marzo” y es por eso que los Picos tenían, tienen todavía, nieve abundante y buena.
Así, con nieve buena, durita pero muy esquiable, arrancaban los inscritos en la Régil, unos pocos menos que otros años por estar la fecha en las puertas de la semana santa vacacional. La fila se ha estirado rápidamente en Lloroza pero se ha apretado subiendo la Sierruca, estirado de nuevo bajando a Áliva y encogido mientras subían a Covarrobres. Ellos lo han tenido que ver, aunque desde la cuneta de la traza uno piensa que a la velocidad a la que esquían y, resoplando bajo el esfuerzo, apenas podrán admirar el paisaje, pero ha estado radiante: algunas nubes manchaban la Peña Sagra, también vestían La Torre Blanca y La Padiorna, Remoña y más tarde la Peña Vieja. Pero lo hacían como si fuesen sedas acariciando el mundo de las rocas, jugando a esconder o desvelar a capricho la aguja de Covarrobres, hija de la Peña Vieja. En ese entorno esquiaban, marcando la primera huella los que han terminado primeros, seguidos por los segundos y perseguidos también por los terceros, detrás todos los ciento y pico.
Para alcanzar las puertas de Cabaña Verónica la cosa se había ya dilatado, las nubes venían a pisar los paisajes y la prueba se iba poniendo dura y más dura. Pero, increíblemente, no había pasado una hora desde las diez en punto de la salida cuando ya había esquiadores por Tesorero. Les ha quedado aún tema largo y un poco más difícil porque la niebla cerraba las cimas de Toreblanca y Padiorna para quienes iban más atrás. Por fin los Picos se cerraban a los panoramas pero han dejado esquiar a placer a los esquiadores más veloces y tanto o más a los tranquilos.









Una de cal, otra de arena; uno bueno, otro regular. Hoy ha tocado el regular cuando el cielo se ha echado encima de los Picos de Europa en forma de nubes impidiendo ver los paisajes que el amanecer descubría manchados de nieve recién caída. La segunda jornada de la Copa Andrés de Régil-Trofeo Kutxabank parece haber querido castigar a los esquiadores con un esfuerzo prolongado pero también entregándoles una montaña cubierta y esa característica luminosidad de la niebla que impide ver el relieve, de saber si delante de tus espátulas hay un hoyo o una prominencia.
Con ese ambiente han salido desde la estación superior de Fuente Dé el casi centenar de equipos que aún conservaban condiciones para plantar cara a las dificultades. En el fuerte repecho inicial hacia la Sierruca han dibujado un bello panorama, vigilado por una Peña Vieja discreta e inevitable. Bajar hacia Áliva no era difícil, y también conocido de la víspera, incluso el paso por un angosto corredor en el que ayer pudimos ver la cabeza de uno de los esquiadores del equipo de cabeza, valga la redundancia, tocando el suelo mientras sus tablas hacían un paralelo con el cielo.
La nieve no estaba plácida, entre la falta de visibilidad y la capita nueva que deslizaba bien pero con aspecto de nieve húmeda sobre un sustrato transformado. A la vista de sus soplidos en las cuestas se diría que los esquiadores han sufrido más que gozado en el recorrido breve del domingo. Y hasta en una segunda vuelta les han puesto una potente cuesta de ascensión obligada a pie, esquís a la espalda, para redescender de nuevo hacia la portilla de Covarrobres antes de marcharse directamente a la meta.

La entrada bajo ese arco triunfal que es el final ha repetido las mismas primeras imágenes de ayer, con los equipos unos, dos y tres entrando consecutivamente.





4 de marzo de 2016

Del Adriático a las nubes apeninas


Adriático en Porto Garibaldi

Me gusta tocar las aguas de todos los mares que tengo cercanos; también las que me enseñan horizontes abiertos en mis viajes, sean estos pequeños o grandes.
En Bolonia tenía un dilema: ir al Adriático o al Mediterráneo. Por nuevo para mis experiencias y por cercano y accesible tomé ruta hacia el primero. Con la excusa múltiple de pisar arena, de ver el mar y de percibir el ambiente portuario que desde siempre también me interesa y en este caso pasaba por Rávena.
Una ruta campestre, llana como si se hubiese trazado a nivel y tiralíneas, recta casi siempre, ocasionalmente buscando el paso entre marismas medio inundadas, pinedas y campos de arroz, se aproxima a ese universo inabarcable que es un gran puerto. Solo los camiones, las chimeneas que avisan de activos cinturones industriales y el tráfico multiplicado aciertan a anticipar la tierra robada a la costa para ser convertida en medio de producción.
Rávena, a un costado de todo eso, es un pequeño paraíso peatonal, amable y tranquilo, una invitación siempre. Aquí también, como en toda esta región italiana entre la Toscana y la Emilia-Romaña es divertido ver que todo el mundo pedalea porque la bicicleta es medio cotidiano de desplazamiento; pero además porque lo hacen del mismo modo con una mano en el manillar otra en el paraguas, si llueve, y parecido si deciden hablar por teléfono mientras pedalean, como si tal cosa.
Café capuccino en Rávena, callejeo consiguiente y mirada sin atención a los famosos mosaicos bizantinos. Porque me interesaba sobre todo el mar y para eso busqué, sin saber, un puerto, un rincón de agua donde amarran barcos que pescan y así terminé paseando entre la lluvia junto a los raídos pesqueros de Porto Garibaldi. Y allí al lado, donde el mar deja de ser alimento para acariciar cuerpos de playa, pisé las arenas del Adriático, apenas toqué el agua, fría en tiempo de invierno, y vi que el horizonte agrícola del interior se transforma aquí también en línea especulativa de apartamentos y rascacielos. Para ver poco entre llovizna y brumas de invierno.
Menos mal que de retorno la lluviosa tarde me regaló un momento de esplendor, un rayo luminoso suficiente para pintar un cuadro, acaso un Cezanne, acaso un Renoir, pero bastante para una foto.

Emilia Romaña

Adiós Adriático, adiós Apeninos
El contraplano de aquel corto viaje marino marchaba en busca de las montañas, a mirar bosques y colinas, a intuir la espina de los Apeninos. Fue infructuosa.

Porque los Apeninos, ni verlos.  Incluso trepando más allá de Módena, ese lugar que suena a vinagres aromáticos, una solitaria ruta zigzagueante entre aldeas alimentadas por solitarias fábricas de cerámica y remontando un desnivel cercano a los 900 metros hasta la localidad de Serramazzoni; imposible. Allí estaban recientes las nieves pero las nubes se habían apropiado del mundo y más allá de un centenar de metros todo era de un impenetrable y espeso gris pálido de nieblas espesas. Imposible ver, solo sentir el frío húmedo y aliviarlo entre los jugadores de cartas de la taberna local. Para qué buscar más si el tiempo pasa a gusto entre bastos, espadas, copas y oros. Y ahí concluyó, sin gloria pero sin pena, esta fugaz mirada apenina. Con sabor a mixtura de helados en el “gelato lab” de la fábrica de Carpigiani. Sabrosa Italia.



Bosque en Serramazzoni
 

24 de febrero de 2016

Con el Neptuno de Florencia








Lo dicho: me fui a Florencia en el frecciarossa, apenas un ratito de viaje a 300 kilómetros por hora, casi la mitad sumergido bajo tierra y con muy pocas posibilidades de percibir lo que el paisaje puede enseñar. No, definitivamente no me gusta, después de esta primera experiencia, viajar a gran velocidad. Prefiero la muy lenta, la casi parada que me deja mirar y retratar el mundo al paso de abuelo, al pulso de conversación de peatón, pedonale en el decir italiano.

Pero, a lo que iba, o a lo que venía mejor dicho a Florencia. A curiosear por supuesto, a callejear sus estrechas y viejas avenidas, a caminar las riberas del río Arno y observar a los forasteros haciéndose selfis en esa travesía casi mística del Ponte Vecchio que la wikipedia coloca entre los más famosos del mundo. Todo ello de paso hacia la plaza de la Signoria que era objetivo necesario tras mi propósito de mirar el pito del Neptuno que aquí luce sobre el mármol blanco esculpido por Bartolomeo Ammanniti.
He seguido con mucho entusiasmo el tránsito del Cansasuelos escrito por Ander Izagirre hasta llegar de un modo muy distinto que el de su caminar de Seis días a pie por los Apeninos  a esta plaza peculiar. Pues sí, el Neptuno está aquí blanco, reluciente bajo un sol casual, y aunque no me parece tan blandurrio como Ander lo describe debo decir que es mucho más flojito que el de Bolonia. Pero estoy feliz de poder verlo, de leer a sus pies de roca pura el Cansasuelos como si fuera un pequeño homenaje al tránsito pero también a la escritura tranquila y a la lectura del paisaje y del paisanaje amable y lenta.
Por supuesto también me he empeñado en encaramarme a la cúpula de la catedral que logró sostener magistralmente Brunelleschi, admirar el encanto de la Venus que emerge de una concha que Sandro Botticelli pintó en el siglo XV y que no logra pasar desapercibida entre las infinitas imágenes pintadas en los óleos de la galería de los Uffici y más, todavía más de sentir la Florencia que queda ahí esperando siempre nuestra visita. Hay muchas cosas más que no puedo contar porque me dejaría llevar por la reciente lectura que me ha traído hasta aquí. Lean el Cansasuelos, tal vez les traiga también a Bolonia, a Florencia, acaso en busca de un pito cacahuetesco, acaso a mirar los muchas decenas de desnudos esculpidos en este tierra italiana o a contar los arcos de los cuatrocientos y pico kilómetros de galerías de Bolonia.  

Aún más: si algún donostiarra llegara a Florencia podrá buscar la imagen de un perro, mejor de dos,  que también son vecinos de la capital guipuzcoana. Son los Perros Molosos, figuras de chucho fiero y fuerte en piedra que habrán visto custodiando el palacio de Ayete. Pues aquellas son copia de un can que se guarda en la galería de los Uffici esculpido por un artista griego en el siglo III y copiado infinidad de veces. Los de Ayete en realidad son copia en espejo del original griego.















22 de febrero de 2016

El pito de Neptuno





No me he podido resistir a seguir los pasos de Ander Izagirre en su Cansasuelos y me he venido a Bolonia a ver el pito de Neptuno. Y ahora estoy aquí, pisando la losa negra de la Plaza Mayor de Bolonia, mirando al Zigant, al Neptuno musculado que domina el escenario público desde lo alto de su fontana. Izagirre escribió en Cansasuelos “Entonces veo que entre las piernas del dios de bronce sobresale un gran pene erecto, un pene vigoroso, un pene que apunta a la catedral.”
Ahora lo veo o no lo veo, ahora miro después de haber visto que desde el resto de los ángulos no hay engañufla posible y que es cierto lo que Ander cuenta. Casi nadie repara en la cuestión, todo el mundo demasiado ocupado a fotografiarse en selfi va selfi viene, con Neptuno o con sus ninfas, con el cielo de Bolonia o con sus torres que parecen caerse.
Izagirre fue a Florencia caminando y ese es el origen de su libro. Pero no, yo no iré a Florencia caminando. No me dejaría el dolor de mi rodilla maltrecha. Ya no. Iré en el tren de mucha velocidad y entonces terminaré haciendo cola en cualquier rincón de cualquier museo pero no dejaré de mirar al Neptuno de  la plaza de la Signoria que esculpió en mármol blanco Bartolomeo Ammanniti que, según Izagirre, “luce un pito más grande pero parece un dios blandurrio… …nada que ver con la tensión del Neptuno boloñés de Giambologna” Prometo la foto del Neptuno blandurrio: continuará.



4 de febrero de 2016

MODERN EXPRESS. En puerto.





Estoy de vuelta del mar, de la costa diré mejor. Porque mientras se diseña el trabajo que en unos días entrará en imprenta con propuestas para conocer y caminar la costa vasca el mar llama con una señal de emergencia.
La carga se le había movido en sus tripas al mercante panameño Modern Express mientras navegaba en el Golfo de Bizkaia y tras estar a punto de irse a pique, abandonado por su tripulación, un equipo de técnicos holandeses conseguía ponerlo a remolque con destino a Bilbao.
Estuve esperándole y no solo, lo prueban las fotografías. Había curiosos a cientos, cámara en mano por supuesto, había vigilantes uniformados abandonando su trabajo para curiosear como un paseante más, había autoridades y unidades de socorro en tierra, también navegando en embarcaciones, también en el aire. Salvamento Marítimo marcaba la organziación pero las órdenes las daban los expertos holandeses desde el buque escorado. Como aquella que con tono enfadado pidió antes de comenzar el último remolque hacia el puerto en el Abra de Bilbao "que se marchen todos los helicópteros de la escena, no nos dejan trabajar". Los moscardones aéreos se marcharon, claro.
La entrada por la bocana del puerto debió abortarse al primer intento, al parecer  por un enfilamiento inapropiado. El segundo consiguió meter al barco al abrigo aunque el Modern Express marchó un buen rato de través. Por un momento pensé que la propia maniobra iba a tumbar el barco, recuerdo del desdichado rescate del Motxo en la costa de Zumaia. Pero esta vez no, esta vez el barco ha quedado a salvo y en puerto.