Sí, yo también viajé a Chernóbil. ¿De turismo
radiactivo? Tal vez. Encajó en un viaje a Ucrania con una perspectiva mucho más
abierta pero pasear por las desoladas calles de Pripiat y cerca del reactor protagonista fue también
posible, para fotografiar y evocar así en imágenes una catástrofe inolvidable.
Ahora, con su aniversario, la memoria revive aquel acontecimiento y lo trae de
nuevo a los papeles impresos y pantallas. Compartí el viaje y la experiencia
con Josu Iztueta, viajero empedernido, con
Belén Lobos y Ander Izagirre, también periodistas, y con Ander comparto espacio
y relato en las páginas de la revista Nuestro Tiempo que publica la Universidad
de Navarra. Diez imágenes, por elocuentes que sean, no valen tanto como diez mil
palabras de Ander Izagirre. Quien tenga la oportunidad lea su relato: LAS CICATRICES DE CHERNÓBIL
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24 de abril de 2016
24 de febrero de 2016
Con el Neptuno de Florencia
Lo dicho: me fui a Florencia en el frecciarossa, apenas un ratito de viaje a 300 kilómetros por hora, casi la mitad sumergido bajo tierra y con muy pocas posibilidades de percibir lo que el paisaje puede enseñar. No, definitivamente no me gusta, después de esta primera experiencia, viajar a gran velocidad. Prefiero la muy lenta, la casi parada que me deja mirar y retratar el mundo al paso de abuelo, al pulso de conversación de peatón, pedonale en el decir italiano.
Pero, a lo que iba, o a lo que venía mejor dicho a Florencia. A curiosear por supuesto, a callejear sus estrechas y viejas avenidas, a caminar las riberas del río Arno y observar a los forasteros haciéndose selfis en esa travesía casi mística del Ponte Vecchio que la wikipedia coloca entre los más famosos del mundo. Todo ello de paso hacia la plaza de la Signoria que era objetivo necesario tras mi propósito de mirar el pito del Neptuno que aquí luce sobre el mármol blanco esculpido por Bartolomeo Ammanniti.
He seguido con mucho entusiasmo el tránsito del Cansasuelos escrito por Ander Izagirre hasta llegar de un modo muy distinto que el de su caminar de Seis días a pie por los Apeninos a esta plaza peculiar. Pues sí, el Neptuno está aquí blanco, reluciente bajo un sol casual, y aunque no me parece tan blandurrio como Ander lo describe debo decir que es mucho más flojito que el de Bolonia. Pero estoy feliz de poder verlo, de leer a sus pies de roca pura el Cansasuelos como si fuera un pequeño homenaje al tránsito pero también a la escritura tranquila y a la lectura del paisaje y del paisanaje amable y lenta.
Por supuesto también me he empeñado en encaramarme a la cúpula de la catedral que logró sostener magistralmente Brunelleschi, admirar el encanto de la Venus que emerge de una concha que Sandro Botticelli pintó en el siglo XV y que no logra pasar desapercibida entre las infinitas imágenes pintadas en los óleos de la galería de los Uffici y más, todavía más de sentir la Florencia que queda ahí esperando siempre nuestra visita. Hay muchas cosas más que no puedo contar porque me dejaría llevar por la reciente lectura que me ha traído hasta aquí. Lean el Cansasuelos, tal vez les traiga también a Bolonia, a Florencia, acaso en busca de un pito cacahuetesco, acaso a mirar los muchas decenas de desnudos esculpidos en este tierra italiana o a contar los arcos de los cuatrocientos y pico kilómetros de galerías de Bolonia.
Aún más: si algún donostiarra llegara a Florencia podrá buscar la imagen de un perro, mejor de dos, que también son vecinos de la capital guipuzcoana. Son los Perros Molosos, figuras de chucho fiero y fuerte en piedra que habrán visto custodiando el palacio de Ayete. Pues aquellas son copia de un can que se guarda en la galería de los Uffici esculpido por un artista griego en el siglo III y copiado infinidad de veces. Los de Ayete en realidad son copia en espejo del original griego.

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22 de febrero de 2016
El pito de Neptuno
No me he podido resistir a seguir los pasos de Ander
Izagirre en su Cansasuelos y me he venido a Bolonia a ver el pito de Neptuno. Y
ahora estoy aquí, pisando la losa negra de la Plaza Mayor de Bolonia, mirando
al Zigant, al Neptuno musculado que domina
el escenario público desde lo alto de su fontana. Izagirre escribió en
Cansasuelos “Entonces veo que entre las piernas del dios de bronce sobresale un
gran pene erecto, un pene vigoroso, un pene que apunta a la catedral.”
Ahora lo veo o no lo veo, ahora miro después de
haber visto que desde el resto de los ángulos no hay engañufla posible y que es
cierto lo que Ander cuenta. Casi nadie repara en la cuestión, todo el mundo
demasiado ocupado a fotografiarse en selfi va selfi viene, con Neptuno o con
sus ninfas, con el cielo de Bolonia o con sus torres que parecen caerse.
Izagirre fue a Florencia caminando y ese es el
origen de su libro. Pero no, yo no iré a Florencia caminando. No me dejaría el
dolor de mi rodilla maltrecha. Ya no. Iré en el tren de mucha velocidad y entonces
terminaré haciendo cola en cualquier rincón de cualquier museo pero no dejaré
de mirar al Neptuno de la plaza de la
Signoria que esculpió en mármol blanco Bartolomeo Ammanniti que, según
Izagirre, “luce un pito más grande pero parece un dios blandurrio… …nada que
ver con la tensión del Neptuno boloñés de Giambologna” Prometo la foto del
Neptuno blandurrio: continuará.
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