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14 de julio de 2021

Cantabria tiene la culpa

 




Casi medio año ha pasado desde la última entrada en este blog. No ha sido por falta de tiempo, tampoco por no tener qué contar. No, ha sido por culpa de Cantabria que me tiene atrapado desde hace una quincena de meses, territorio fantástico y vecino que he descubierto viajando, explorando y fotografiando con la perfecta excusa de escribir una guía por sus escenarios naturales más interesantes.

Entretanto me ha tocado escribir, fotografiar reportajes, ejecutar vuelos droneros para grabar en asistencia a grabaciones audiovisuales y qué se yo cuantos minitrabajos más: Géo, Pyrénées Magazine, etc. Demasiado diría yo en esta época postcovid de voluntario decrecimiento.

 La cuestión cántabra tiene razones de vecindad y de casual encuentro. Visitaba las marismas de Joyel en el comienzo del verano y se me ocurrió preguntar por una guía de excursiones en la naturaleza a una agente de turismo.

“Pues en papel no hay nada reciente de interés, solo algunas guías de ascensiones de montaña pero nada más”, me respondió.

“Vaya, pues la voy a hacer yo”, le dije. Era el mes de julio y ya había recorrido algunos rincones espectaculares, sorprendido y entusiasmado. Un año más tarde el libro ya ha salido de imprenta y viaja camino de las librerías. Tiene 50 propuestas de excursión pero podrían ser bastantes más. Esta ha sido la razón de mi concentración: CANTABRIA Excursiones en la naturaleza.

 















2 de junio de 2019

Mirar al movimiento, ver en movimiento




No, este paréntesis no es un parón. Solo un espacio sin ruido ni comunicación pública. Por necesidades prácticas, por la participación en múltiples tareas que desvían el tiempo para dedicarlo solo a lo fundamental.
Y eso fundamental es imagen en movimiento; sí, un fotógrafo metido a trabajar el movimiento, también ilusionado y de modo apasionado, descubriendo nuevas formas de contar, imaginando narrativas con otros lenguajes, pensando en sincronías, en secuencias y siempre, siempre, analizando la luz y las formas.
Y, ahora más que nunca, trabajando en equipo; escuchando las propuestas de un buen realizador, aprendiendo del encuentro y dispuesto como siempre al experimento, a imaginar imposibles -o no tanto- y a dar una vuelta a lo conocido para llevarlo al terreno de las emociones.
En breve será micropelícula, ahora, de  momento, algunas imágenes fijas se escapan de su movimiento.  







12 de junio de 2016

Fotografiar remando



Sí, esto de fotografiar y remar es literal. No me digan que no es cierto ahora eso de "por tierra, mar y aire". Embarcado he estado con frecuencia, en todos los sentidos de la palabra, pero remar no lo he hecho tan a menudo. Ahí me tienen: con asistente incluido.
Esta vez tocó hacerlo para responder a un encargo de la revista Pyrenées Magazine y lo hice con placer, pero también con unas consiguientes agujetas, la fata de costumbre responsable. Solucioné la cuestión con dos cámaras en fundas estancas manejadas a mano y con una tercera, también estanca, instalada en la proa de una piragüa y disparando automáticamente a intervalos.
Saliendo de Hendaia y atravesando el Bidasoa hasta dar la vuelta al Cabo Higer, el fin o el principio, según se mire, del Pirineo. Bahía cochinos nos atendió para el hamaiketako con buceo y solaz descanso. ¡Qué trabajo! ¿Se puede pedir más?








25 de noviembre de 2013

Mar Negro, acantilados, montañas y escondites submarinos


Montañas de Yalta

En Balaklava el mar Negro acaricia violentos acantilados de calizas rosáceas. Se desploman desde los viñedos de la costa de la península de Crimea, acostados dulcemente en Sebastopol pero despeñados en Balaklava. Apenas un resquicio de paz en ese acantilado sirvió para amarrar los barcos de los pescadores y convertir el estuario escondido en un puerto secreto, cerrado para los barcos de la guerra primero, madriguera de submarinos rusos ocultos bajo las montañas después. Un túnel camuflado en la pared de roca da paso a un insospechado universo bajo tierra. Catacumbas de hormigón pensadas para la guerra.
Los acantilados rocosos se repiten en todo el contacto de Crimea con el mar Negro, calizas grises sobrepuestas a laderas salpicadas de marojales que ahora pintan de marrones sus hojas y pinares, despeñaderos de rocas fracturadas, santuarios de cúpulas doradas encaramados en riscos inconquistables. Así acompaña la costa de Yalta al océano,  con paisajes sobrecogedores asomados sobre un horizonte de aguas infinitas.
En el alma de estos paisajes sigue pesando la historia de un espacio de guerras y conflictos, tratados de paz y conversiones sucesivas de religión y confesión. A pesar de ello queda amabilidad, esperanza y tierra que cuidar.

Sebastopol
Sebastopol


Crimea
Base submarina de Balaklava


20 de abril de 2013

Volver al mar




 
Avanzaban los ochenta y el mar me llamaba a mi primer contrato profesional. Toda la costa vasca, sus labores de pesca, la cultura y la vida marineras me ocuparon durante más de un año y aquel trabajo ilustró la colección Itsasoa, una referencia para las cosas del mar vasco.
Luego el mar me llamó solo de vez en cuando a sus costas y a los horizontes que miran los pescadores al alba mientras la vida y la mirada me llevaron sobre todo por las montañas.
El mar me acaba de llamar de nuevo obligándome a mirar primero a los puertos vascos y después a la costa de Bizkaia, dos reportajes encargados por la revista Euskal Herria y publicados en sus últimos números. Me he entretenido a placer escuchando al océano, me he emocionado de nuevo en busca de luces y parajes y he aprendido sensaciones nuevas gracias a la compañía en este viaje marino: el escritor Edorta Jiménez, autor del texto del trabajo de la Costa de Bizkaia, me ha permitido compartir en ese redescubrimiento sus conocimientos de las cosas del mar enriqueciendo además el sentimiento y la percepción de muchos nuevos matices. 
Ahora me prometo quedarme también en este terreno sometido a mareas y temporales bajando de las alturas a la cota cero de altitud. Espero que lo disfrutemos juntos. 
 
Lekeitio

Ispaster-Lekeitio

San Juan de Gaztelugatxe
Lekeitio

Lekeitio






13 de marzo de 2013

Nieve en el desierto

El Teide se mira en el espejo
Que al fotógrafo de paisajes le sorprenda una luz infraganti es un regalo. Que al fotógrafo de lo natural se le cruce el mal tiempo es una buena oportunidad. Que al fotógrafo viajero se le ponga delante sin avisar un temporal es una provocación. Especialmente lo es si viaja a un lugar que se supone cálido, donde predomina la tierra árida e inhóspita y de pronto se encuentra caminando bajo la lluvia torrencial o despierta con la nieve en los pies.
Era la isla de Tenerife, entre las costas del norte y los acantilados del sur, con el parque natural del Teide en el centro. El viento se llevó ramas de palmeras, desprendió rocas, dejó a las gentes protegidas en sus casas y trajo las nubes; las nubes dejaron la tormenta, aquella el agua y el aguacero, el frío y la nieve. Y el Teide amaneció blanco como la cal, brillante y espectacular, deslumbrante en el horizonte del desierto volcánico.
Se creó el espejo sobre la arena, la montaña se miró en él y, viéndose hermosa, lo anunció silbando a las nubes y asomándose a todos los horizontes; se atrevió incluso a coquetear con un singular sombrero blanco.
En Tenerife, mientras la nieve llegaba al desierto, el mar siguió extremeciendo los acantilados de lava y mareando las playas negras. Toda una tierra de contrastes.