Sucedía en Luzaide, tras una noche de lluvias incesantes y nieve por las montañas. Apenas habían podido los bolantes aventurar algunos bailes entre chaparrón y aguacero, uno en la plaza bajo cubierto y no pocos en Arnegi, los más al interior de las tabernas acompañados de bizcochos, galletas y vino dulce en abundancia. Los caballos se habían quedado esta vez sin desfile, abrigados en el corral. Pero la tarde se dibujó de sol y buen calor y en el prólogo de la sesión de bailes los sacaron para hacerse la foto de familia. Eran dos, casi tanto el uno como el otro resistiéndose a la pose, oponiéndose al desfile de los danzantes y poniendo su mala cara en escena. No bailaron los caballos en Luzaide pero los bolantes se prodigaron a gusto.
Sucedía, como cada año en domingo de resurrección, en ese maravilloso rincón del Pirineo donde las montañas encajonadas siguen guardando la leyenda de Carlomagno.

