26 de mayo de 2024

ADMIRANDO SERAPIAS (ORQUÍDEAS) CERCA DE CASA


 De paseo por Arraño, el balcón de Laudio
Hay orquídeas cerca de casa, al menos en Laudio (Araba). Muchas, hasta una veintena de especies distintas, consiguen florecer en las laderas de Arraño donde ya tienen un santuario que cuidan algunas entusiastas de estos botones de color en el paisaje. Es la gente de Laudiokoloreak, que cada año practican divulgación y excursiones para enseñar a proteger estas maravillas diminutas que crecen entre la hierba.

A las orquídeas hay que mirarlas arrastrándose, es el mejor modo, y así se puede saber más de ellas. Por ejemplo que son refugios.

Me lo descubre Xabier Ramos, uno de esos fotógrafos de naturaleza empedernidos que se pasan media primavera arrastrándose por el suelo en busca de espectáculos y curiosidades florales. Lo hace, el muy canalla, para darme envidia y me manda por el wasap una provocativa foto en la que apenas se distingue la pata de un insecto peludo rodeado de intenso color violeta. Imagínenselo ahí, tirado en el campo, mirando algo a través de un pepino de cámara. El otro día se mojó y bien, estoy seguro.

Y me chincha: “a que no sabías que en la serapias, no estoy seguro si es una lingua o una cordigera, cuando llueve, hay una gran variedad de insectos que se meten en la flor a refugiarse”. Me había avisado por la mañana para ir juntos a fotografiar orquídeas, que ahora están en su mejor momento, cerca de casa, al parque de Arraño, en Laudio. No le he podido acompañar y me regala la envidia con esas fotos curiosas de una peluda abeja refugiada en la orquídea; y más, porque cada serapia que Xabier mira tiene un insecto cobijado en su interior, en una mañana que llueve sin parar. Lo dicho: en cada flor un ser diminuto refugiado de las inclemencias.

A Arraño sube a caminar mucha gente de Laudio, está a un paso, paso largo y cuestoso, diría yo, y en la primavera hay quien va solo a ver las orquídeas que se multiplican por las praderas que suben hacia el punto más alto de la colina, a sólo 385 metros, así de pequeñita es.

También hay de camino, y por donde más orquídeas crecen, un vértice geodésico, a 285 metros, y un poco más abajo una cruz que está ahí plantada desde 1881. Probablemente la pusieron ahí para santificar un lugar que ya era importante en los ritos de primavera. Lo explica el erudito y divulgador local Félix Muguruza recogiendo aquella ordenanza de 1784 que mandaba que «… todos los años, cuando los maises están ya sembrados, se suba al monte Arraño como hasta ahora aquí, a la bendición general de los campos»  

No se bendicen ya los campos desde Arraño, no hay trigo aunque sí maíces en los  alrededores y allá arriba, además de orquídeas, hay un balcón que mira con privilegio sobre el pueblo de Laudio y sobre medio valle de Aiara. Al fondo está desplegado Gorbeia en toda su panorámica, a los pies el Nervión se esconde entre calles y fábricas.

Hoy no llueve y las serapias moraditas no refugiarán a sus amigas las abejas ni a esos bichejos que han aprendido que dentro de ese cascarón que forman pétalos y sépalos no hay néctar pero si abrigo y se está tan bien como en casa. 



28 de abril de 2023

Aquí me encontraréis cada viernes

 


No me busquéis cada sábado, encontradme cada viernes en mis “Paisajes con alma”

Dije que no me buscarais más cada sábado en el Suplemento ON del Grupo Noticias (DEIA y diarios de Noticias de Álava, de Gipuzkoa y de Navarra).

No, ya no publico allí mis trabajos. Pero sí lo hago cada viernes en el suplemento GPS de El Correo. En otro tono, más personal, más intimista y reflexivo, breve, en texto sin fotografías en el periódico de papel.

Es el comienzo de un camino nuevo, como me ha gustado siempre hacer, pisando suave y despacio, mirando adelante y también el suelo, el derredor y lo recorrido para aprender sobre lo que encontramos y sobre nosotros mismos. Un camino nuevo para repensar sobre lo que nos rodea, sobre la historia nuestra que ha hecho este presente que vivimos para seguir fabricando inevitables futuros.

Quien quiera encontrarme lo hará cada viernes en GPS de El Correo. También en la edición digital.




 

 

7 de febrero de 2023

NO ME BUSQUÉIS CADA SÁBADO

 

Última de mis colaboraciones publicada el 28 de enero

No me busquéis más. No me busquéis cada sábado en el suplemento ON del Grupo Noticias (DEIA y diarios de Noticias de Álava, Noticias de Gipuzkoa y Noticias de Navarra). Me han despedido. 

No me busquéis porque me han despedido, sin previo aviso ni mediación, porque, tal como han argumentado, "tras la redefinición del producto, tus colaboraciones no serán precisas a partir del primer número de febrero" y dado que "tu valiosa aportación como firma colaboradora externa para el suplemento no satisface, sin embargo, la necesidad de proyección digital on line por la falta de disponibilidad de tus reportajes para su publicación en las webs de los diarios del Grupo Noticias, que son imprescindibles ya en todos los contenidos de la publicación".

Si, yo tenía un acuerdo por el que mis contenidos no se subirían a la web si no se compensaban con una mejora económica en la tarifa cobrada, tarifa invariable durante 15 años, desde el año 2008.

El suplemento ha cambiado de dirección y la nueva directora ha llegado con la orden de “recortar colaboradores”.

La cuenta no es baladí. Más de 800 propuestas, sin fallar una semana tras otra, durante 15 años, proponiendo excursiones, proponiendo una forma de conocer nuestra tierra vasca y las vecinas caminando despacio en la naturaleza, aprendiendo a mirar lo que se presenta a nuestra vista, y lo que a ella se esconde pero ha sido parte de la creación de los paisajes, ofreciendo muchos recorridos inéditos en rincones desconocidos. 15 años recibiendo la misma suma económica por las colaboraciones, el mismo precio cobrado desde el año 2007 hasta el 2023, igual cuando se publicaban 2 páginas que 4 o que 10. 

Han sido 15 años de compromiso y lealtad que ahora concluyen por decisión unilateral, salvo enderezamiento de la justicia. 15 años en ese suplemento, 35 años colaborando en el grupo de ese medio, grupo que ha repetido no pocas veces la expresión de "nuestro colaborador" cuando el trabajo o los premios tenían repercusión social. Insuficiente al parecer para decidir el final de una trayectoria sin dar espacio siquiera a una despedida que mis lectores, muchos o pocos, se merecían mejor que el silencio. 

Parece que el grupo, que ahora se llama NOTICIAS TALDEA MULTIMEDIA. no tiene muchos recursos, porque no tiene suficiente para pagar el trabajo digno.

No me busquéis ahí; pero nos seguiremos encontrando, espero, en otras páginas escritas, también de papel, donde compartiremos esas pasiones, excursiones y naturalezas que nos dan la vida.

Sirva esta foto final para la evocación del caminar juntos. Seguimos haciendo camino al andar. 

  



21 de noviembre de 2022

LA PALMA Una isla en el renacimiento

 


Hace un año, 365 días han pasado ya, la isla de La Palma sonaba y olía distinto.

Hace un año la atmósfera llevaba polvo, gases y ceniza en suspensión. Hace un año muchas calles de La Palma estaban en silencio, vacías, evacuadas.

Hace un año las mascarillas cubrían los rostros, por el covid pero también porque había cenizas en el aire y llovía “arena”. Hace un año las terrazas de Santa Cruz, la capital, estaban negras de lava, las playas cerradas, los columpios detenidos.

Hace un año había carreteras cortadas, no volaban los aviones, las escuelas estaban cerradas.

Hace un año en el oeste de la isla se oía un constante ulular de sirenas, se escuchaba el miedo en las calles y había un terrible eco de fondo: el tremor de  un volcán implacable que no cesaba de rugir.

365 días más tarde La Palma está reviviendo sobre las cenizas del volcán. Y esta vez no es una metáfora; es un renacimiento verdadero en el que se reabren carreteras y caminos, se limpian todavía arenas negras de terrazas y balcones, se reubican los domicilios perdidos y acaso algunas familias emigran para mudarse a otras tierras donde no acecha el rugir bajo el suelo que pisan.

Por eso es bueno volver, percibir, sentir y contar, participar al menos por instantes en el pulso que viven unos paisajes atormentados desde que emergieron de las profundidades sobre el mar del Atlántico.

El viaje de llegada a La Palma es ahora más seguro; no depende de los tosidos del volcán y los aviones llegan sin problema a su pista de aterrizaje donde todo funciona con normalidad. Por mar la llegada es igual de sosegada.

El este de la isla continúa sin alteraciones su vida tradicional, quizás solo alterada por el incremento del número de turistas. Aquí está la primera afección: la llamada del volcán ha multiplicado la demanda de alojamientos, de coches de alquiler y de servicios, de tal modo que los precios han subido notablemente, también para los residentes locales. La excusa de la guerra en Ucrania y el alza del coste de la energía no son bastante para justificar que los precios del mercado estén perjudicando a quienes vivían ya en la isla. Y se quejan, claro. Los alquileres han subido un cien por cien, se ha reactivado la picaresca para aprovecharse de las ayudas y los beneficios de ese turismo creciente no llegan a los más perjudicados por el volcán. De los 35 euros que cobran las agencias turísticas por las visitas, obligatoriamente guiadas, nada llega a quienes perdieron casa y hacienda pero engorda a las empresas de ocio.

Por eso hay que escuchar a las gentes de a pie, saber historias como la del agua en una isla rica en ella, con unos acuíferos subterráneos gigantes alimentados sobre todo por esa "lluvia horizontal" que favorece el clima y que aporta una media de 300 litros por metro cuadrado y año. Con ese agua se riegan los plátanos pero el 85 por ciento de su gestión está en manos privadas, otro poder.

 











De visita entre lavas

Pocas historias de este tipo le cuentan al turista que busca playas, gastronomía y sol. Acaso algunas se filtran si se pisan los caminos desconocidos escuchando a guías apasionados por su tierra, también si preguntas a los propios canarios que acuden ahora desde otras islas a visitar el volcán más joven del archipiélago: el que parece se llamará Tajogaite porque así lo nombra Google aunque no es pleno el consenso en la isla.

En La Palma hay que subir obligatoriamente al Roque de los Muchachos. Una o las veces que se quiera, porque, como decía allá arriba una sevillana "es impresionante y hay que verlo sí o sí como la Giralda si se va a Sevilla". Incluso si abajo la niebla lo tapa todo arriba se flota sobre un mar  de nubes que entrega crepúsculos inolvidables. Y esa hora es la mejor, más tranquila, de mejores paisajes y sin más límite para llegar y estacionar que el horario de descenso que debe ser obligatoriamente antes de las 19:00 horas. Pero para esperar la noche lo mejor es quedarse en el mirador de Los Andenes, al borde de la ruta hacia Santa Cruz.

Y desde el Roque, o desde Los Andenes si las nubes y la calima lo permiten, hay que mirar hacia el sur y escudriñar con la vista el oeste de la Cumbre Vieja y la cadena volcánica que se extiende hacia el mar. Allí, en el costado de Cumbre Vieja, siguen soplando vapores de azufre y gases sulfurosos dos de las bocas del Tajogaite. Se pueden ver desde más cerca, humeantes, manchando de amarillo las lavas y coladas oscuras que dejó la erupción de septiembre del año 2021. Porque se ha habilitado un sendero que permite llegar a los turistas a casi 150 metros del cono volcánico, a cambio de 35 euros y una caminata de 5 kilómetros y 150 metros de desnivel. La mecánica es sencilla y obligatoria, no se puede ir por libre. Hay que contactar con una de las muchas agencias turísticas de la Palma y apuntarse en un grupo a la hora elegida. El punto de encuentro de los grupos, siempre reducidos, entre 6 y 12 personas, es el centro de interpretación del Parque de la Caldera de Taburiente. Allí un minibús o un taxi carga a los viajeros y al guía que necesariamente les acompaña después de pasar lista. El trayecto es corto hasta el punto de partida, un acceso situado apenas un kilómetro por debajo del panorámico mirador del Jable y al pie de la ruta que zigzaguea entre pinos canarios y lavas hacia el área recreativa y punto de partida de varios senderos de El Pilar.

El guía, Nestor, nuestro excelente guía, aunque su vestimenta no emule a ningún coronel Tapioca, nos va relatando la erupción del Tajogaite pero, tan interesante o más, explicando cómo se formó la isla de La Palma y creció bajo el mar el archipiélago canario hace muchos millones de años experimentando hasta ocho erupciones en su historia. Aprender así, pisando cenizas jóvenes salidas hace un año de un volcán que aún sopla vapores, nos convierte a las personas en seres insignificantes sobre la dimensión de una naturaleza global.

El camino desciende sobre cenizas negras sobre las que afloran pinos resecos y calcinados por el calor y las lluvias de cenizas incandescentes pero que ya están reverdeciendo con sus brotes nuevos. Aquí no llegó la lava ni las coladas que bajaron hacia el lado oeste de la isla. Aquí llegó la desolación pero las cenizas, en un espesor de entre 20 y 40 centímetros descansan sobre lava vieja. Los vientos han barrido la corteza de esas cenizas compactadas y dibujado olas en el relieve al arrastrar los gránulos más finos y dejar los más pesados de lapilli.

En paradas consecutivas Nestor hace hincapié sobre las consecuencias de la erupción del Tajogaite, elevado ahora a 1122 metros de altitud tras 85 días consecutivos creciendo. Y cuando se alcanza el punto final del trayecto, en una repisa abalconada que mira a la espalda de la boca volcánica, relata cómo se derrumbó hacia el otro lado la pared del volcán, cómo se fueron abriendo hasta 7 bocas, dice que ese color amarillo intenso es azufre que depositan las fumarolas aún activas.

Allá arriba los científicos registran aún una temperatura superior a 200 grados, por eso cuando llueve se ve una chimenea que tira vapor de agua.

Impresiona ver desde tan cerca a este tan malvado como bello ser vivo a quienes lo vimos escupir en gigantes borbotones incandescentes los miles de toneladas de lava que asolaron un pedazo de la isla de La Palma. Impresiona aún más cuando se pretende viajar por la ruta que lleva a Fuencaliente por el oeste y, dejado atrás el núcleo y las casas de Tacande, la carretera se acaba en una colada imposible. Hay que bajar por los Llanos de Aridane y tomar la pista que aún se está abriendo en la colada de lavas. Entre máquinas, obreros y casas arruinadas en las que la lava entró líquida y potente, adueñándose del interior para solidificase después, los vehículos deben viajar a un máximo de 20 kilómetros por hora y sortear una larga serie de indicaciones que asustan: prohibido detenerse, prohibido parar, peligro, emanaciones de gases, zona caliente, fin de zona caliente, prohibido estacionar. La colada desprende calor aún en muchos puntos y se percibe como un viento sur al pasar sobre ella; los expertos calculan que todavía tardará otro año en enfriarse del todo y por eso se ve en algunos puntos esa peculiar coloración amarillenta o blanquecina de las emanaciones sulfurosas.

Sí, hay que hacer ese viaje por las pistas que se abren sobre las coladas para sentir La Palma. Pasar al lado de Puerto Naos, un pueblo intacto pero desierto, inaccesible e inhabitable porque los gases que aún flotan en el aire se quedan sobre la superficie y hacen irrespirable el ambiente. Aunque los gatos proliferan en sus calles, mantenidos por protectoras de animales, y están poniendo a raya a especies autóctonas de lagartos y otros reptiles endémicos.

El norte, de vegetación exuberante y apariencia selvática, y el sur, árido, áspero y volcánico ofrecen un paraíso de contrastes sin igual.

 






















Imprescindibles

En La Palma hay varios objetivos imprescindibles para los viajeros de naturaleza y aire libre. Con variantes y matices sobre lo que dicen los folletos turísticos al uso. El Roque de los Muchachos, por supuesto, está dicho.

Al Mirador de la Cumbrecita se accede en coche pero en las horas centrales del día hay que reservar hora, por eso lo mejor es ir libremente a partir de las cuatro de la tarde gozando sin prisa de los pinares y paisajes y del paseo por la pista que asoma sobre los barrancos de la Caldera.

En esta gran Caldera hay una extensa red de senderos, todos con desniveles importantes, y entre todos el más popular es que el parte del mirador de Los Brecitos, a donde se sube en taxi, para descender más de 900 metros de desnivel y recorrer luego el Barranco de Las Angustias. A pesar de bajar este sendero es una auténtica paliza y lo mejor está al pie, en el barranco. Puede por tanto recorrerse en menos tiempo y con solo un desnivel de poco más de 400 metros el Barranco de las Angustias, caminando aguas arriba y llegar si se desea hasta la famosa Cascada de Colores y pasar por los remansos del río.

Desde el área recreativa de El Pilar, es clásico el sendero de la Ruta de los Volcanes, que sigue un viejo camino ahora balizado por la espina sur de la isla. Largo camino que, salvo que no se respete el sendero "oficial", solo pasa por el borde de un cráter volcánico. Si se termina en el faro de Fuencaliente se camina al final por las lavas del Teneguía y se completan 23 kilómetros que necesitan un taxi (no hay cobertura de telefonía en el faro) o una guagua para el retorno.

El Porís de Candelaria es un poblado singular, metido en un agujero de la costa de Tijarafe donde las aguas azules ofrecen un baño espectacular bajo la cueva que abriga el minipueblo. Se baja allí por una carretera de vértigo que algunos coches tienen dificultades en subir. Los bosques del Cubo de la Galga se recorren en un sendero que atraviesa una espesa masa de Laurisilva. Sensación de selva sobre una pista ascendente sin dificultad.

Las Salinas de Fuencaliente y su faro son el punto extremo al sur de la isla. Muy cerca hay que llegar a las playitas de Las Cabras y de Echentive. En esta última se abren al cielo tres pozas azules de aguas retenidas  que no son termales pero se asocian a una vieja fuente termal que está clausurada.

Los grabados de La Zarza y La Zarcita se visitan en un corto recorrido circular que parte desde este, ahora cerrado, centro de interpretación. Son una espectacular colección de petroglifos considerados como la capilla sixtina del arte Benahoarita, la población indígena de la isla que la ocupaba hasta la llegada de los españoles en el siglo XV. Casi una treintena de paneles enseñan figuras circulares y geométricas en un auténtico santuario simbólico para los aborígenes palmeños.

Las piscinas naturales o charcos se encuentran por doquier en la isla. Quizás las mejores están en el Charco Azul de Puerto Espíndola, cercano a la bellísima aldea de San Andrés y las de la Fajana de Barlovento. La costa de Puntallana ofrece tres bellos charcos totalmente naturales: el charco Martín Luis o de Los Chochos, el Charco de Punta de las Salinas y el Charco de Los Erizos. La Corredera puerto de Paja está cerrado por un muro de piedras y posee Solarium.

El moderno centro de interpretación del Parque Arqueológico de El Tendal es un descubrimiento de un enclave fundamental en la prehistoria de La Palma. Sus yacimientos están aún en excavación y en ellos se han hallado restos de cereales que demuestran distintas etapas en la población aborigen. Un corto camino guiado hacia las proximidades del barranco de San Juan donde se encuentra un antiguo poblado enseña al viajero sobre la vegetación y los recursos primitivos y sirve para reconocer el origen de los pobladores de La Palma procedentes desde la cultura amazigh o bereber desde África


 



 

 

 

 

 

23 de octubre de 2022

LIAT. Minas, agua y montañas en un paraíso escarbado

 


Más arriba está el cielo. Pero Liat también es un cielo, un paraíso de verdes eternos que se rompe a veces con los colores de un intenso rojo cobrizo, una eternidad de paisajes donde la música del clima tiene notas azules en forma de lagos que ondulan su brillo al viento. Liat es el silencio que solo rompen ahora las esquilas de las vacas o de los caballos. Ya no se oyen los martillos, no se escuchan los ronquidos metálicos del enorme teleférico que cruzó el valle, ni las vagonetas, ni los juramentos o las canciones de los mineros. Liat es un paraíso quebrado por los martillos que buscaron bajo tierra piedras valiosas para convertirlas en plomo y zinc y probablemente uno de los rincones más impresionantes de la Val d’Aran para irse de excursión.

Y si este viaje podría parecer que se dirige a un lugar remoto a la vista de algunas imágenes descubriremos que no lo es.

Nos dirigimos en busca de Liat a la zona axial del Pirineo, allí donde las piedras y las rocas son las más viejas de la cordillera, a la cuenca alta del valle del río Unhòla que viene con sus aguas a alimentar el Garona, ese río caprichoso que nace en el sur pirenaico y por la Val d’Aran se marcha para Francia.

Liat es un gran estany, un gran lago, pero también es un escenario minero de película. Varios tajos mineros: Liat, Montoliu y Reparadora, escarbaron la corteza de las montañas en unos parajes idílicos para arrancar minerales como Galena y Esfarelita utilizados para producir plomo y cinc. Aquellos parajes siguen siendo idílicos pero recorrerlos en el silencio de las montañas provoca necesidad de recordar cómo vivieron aquí arriba, a cerca de 2000 metros de altitud, decenas de mineros peleando cada día por un jornal mínimo.

 





En la cuenca del río rojo

Plantémonos en la bella localidad aranesa de Baguergue, a 1450 metros de altitud. Busquemos allí las casas más altas y sobre ellas la pista que, bien indicada, marcha hacia Liat y Varradòs. Enseguida viajamos por un escenario campestre, praderas, muros de piedra seca y un río, el Unhòla, que nos acompañará monte arriba. A poco más de un kilómetro de la partida un paso canadiense se acompaña de varios paneles indicadores: a la izquierda trepa y zigzaguea la bellísima ruta que tras cruzar la plana de Borda Lana corona el puerto de Varradòs para bajar al Valle de Varradòs. A la derecha nuestro camino: Liat.

¿A qué nos suena “Borda Lana”? En euskera son claros los significados de borda (chabola, cabaña pastoril) y lana (trabajo) y nos acordaremos de este bello lugar, tanto que nos invita a detenernos acompañando al ganado que pasta apacible en un mar de verdes de película. Arriba despunta la cima del gigante: el Maubermé, que presidirá vigilante todo nuestro viaje de altura. 

La pista que nos lleva comienza su periplo aventuroso; tras un corto recorrido en las verdes laderas del Tuc des Costarjàs vamos tomando altura sobre un desfiladero cada vez más encajado por el que discurre el río Unhòla que, de pronto, nos aparecerá a la vista, allá abajo, con un impresionante color rojo, emocionante contraste con el verde del paisaje . Esta coloración es debida a los afloramientos subterráneos de las galerías de mina, cargados de óxidos de hierro, que tiñen las rocas sobre las que desliza el río.

Muy alta sobre el fondo del barranco la pista termina por fin acercándose a él y hasta nos permite bajar a tocar esas aguas oxidadas.

La cabaña de Calhaus nos sale al paso y es el primer contacto con los restos de las explotaciones mineras. Por encima de nuestras cabezas veremos la montaña quebrada, agujeros que la taladran, escombreras de mineral. Allá arriba estaba la mina Reparadora y a su costado sobrevive una de las pilonas que sustentaron el teleférico que volaba hacia el valle con el mineral.

Por el este llega un arroyo atormentado, destrepa las fuertes pendientes que nos separan del estany de Montoliu, un precioso lago en el que el Maubermé, bendito Maubermé, se mira al espejo cuando las nubes se lo permiten.

El Tuc de Crabes nos seguirá separando de él mientras continuamos pista arriba sobre los tramos más tortuosos en un sube y baja final hasta que un suave descenso nos anuncia la proximidad del Pla de Tor.

 







Praderas en el paraíso

Es fácil pensar que aquí ser vaca, caballo u oveja dará la felicidad. Porque este verde pirenaico acompasado al ritmo que marcan los meandros del arroyo que lo cruza es simplemente una delicia.

Al frente el Pas Estret nos obligará a reptar y apurar el esfuerzo. Tienta ir a seguir el barranco del regato pero es un camino sin salida que solo siguen las vacas para ir a beber.

Estamos ya a 2070 metros de altitud, y aún queda mucho más de tierra aranesa. La pista es ya estrecha y tortuosa y nos lleva por un paisaje que se diría lunar, entre escombreras de piedras rojizas, bocas de mina y muy pronto los restos de edificios, instalaciones y teleféricos de las minas de Liat ante el estany de Pica Palomera.

 Minas de Liat como en la luna










Un colladito nos acompaña junto a las ruinas de las buenas casas de los ingenieros. El barracón de los mineros parece poco más que un corral. Uno de los edificios es ahora un refugio. Pero todo en derredor está arruinado, abandonado, incluso la ferralla que se amontona en raíles, brocas de mina, poleas de teleférico, cables, restos de herramientas de perforación. El silencio es sobrecogedor, más si imaginamos varias partidas de obreros martilleando las rocas, gritando y jurando o acaso emborrachándose en la cantina, tan lejos de su casa, de sus gentes.

Nos alivia la tristeza asomarnos al amable estany de Pica Palomera, reflejo del azul cielo entre los verdes de sus orillas.

En las minas de Liat hay para explorar un rato, buscar las torres de los teleféricos, descubrir bocas de mina y galerías, intentar saber para qué era esto o aquello.

Pero nuestro camino tiene que llegar al gran estany de Liat. Lo vemos ya a lo lejos, más abajo, deseado. Sobre él está la frontera, las marcas que el Tratado de los Pirineos grabó en la piedra: la cruz del Port dera Horqueta con el número 418, el Port de Tartereau, y al otro lado la Francia de l’Ariège, la que compró las minas aranesas en la primera década del siglo XX y las unió en una misma explotación con las de Bentaillou que han dejado en ese otro lado un atormentado paisaje de ruinas, escombreras e instalaciones que alguien debiera poner en valor, con las aranesas, en un impresionante parque temático del patrimonio industrial pirenaico. 

El camino de Liat se desvanece en adelante trasteando entre una y otra ruina minera. El Maubermé lo vigila todo.

Varias sendas que pisa también el ganado bajan destrepando las pendientes que separan del estany. Al Estanhot se llega primero, moderado, más pequeño, azulísimo. Solo un poco más abajo está el grande, el estany Long de Liat, enorme, impresionante,  a 2130 metros de altitud y con sus 27 hectáreas repartidas entre Baish, Mig y Naut Aran, porque es un poco de todos los araneses. Sí hasta aquí, tan lejos del valle, tan al norte, llega Aran.

Hay que volver. La senda que marcha por el llano de Liat entre praderas nos obligará a subir aún al Pas Estret para retomar la pista de bajada. Volveremos aún la mirada, esa de despedida cuando sabemos que dejamos atrás un paraíso, al azul de Liat, al verde y rojizo oscuro del Mabermé, al norte de Aran que tanto nos gusta.

 







Historias de piedras y personas

La Val d´Aran y el contiguo valle de Couserans en la Ariège francesa han sido importantes escenarios mineros en la transición de los siglos XIX al XX. La revolución industrial en la primera década del siglo XX fomentó una alta demanda de metales y de consecuentes explotaciones mineras que en estas tierras pirenaicas se desarrollaron en las zonas de Liat, Arres y Bossòst en Aran. Solo en la mina Victoria de Arres trabajaban más de 100 personas en 1912.

En esa primera década del siglo XX, las  minas de Bentaillou, de Liat y de la Val d’Aran se fusionaron bajo el capital francés del Syndicat Minier. Se pueden encontrar muchos datos financieros de la operación, del material transferido –kilómetros de teleféricos, líneas ferroviarias de tiro con caballos, centrales eléctricas, plantas de lavado y tratamiento, y de rendimientos de capital y producciones próximas a 15.000 toneladas de mineral (plomo y galena argentífera) pero en esos informes de la sociedad nadie habla de los mineros que trabajaron en rudas condiciones de frío y nieve en sus tajos, especialmente los de Bentaillou y más duros aún los de Liat, de los que fallecieron por silicosis, del trabajo de las mujeres escogiendo mineral.