No es la guerra.
Es San Sebastián
Uno llega de otro lugar, sin alma de donostiarra, y no consigue fácilmente entender la emoción que se puede sentir saliendo a la calle aporreando un tambor. Se aproxima un poco más si ve a los chiquillos saltando al ritmo de la marcha de Sarriegi, cuando encuentra esa comunión entre el cuerpo y el alma que coinciden en cada donostiarra. Porque cuando se ha vivido oyendo cada 20 de enero ese soniquete imparable entonces se debe llevar ya para siempre en el alma. Y con la mayor naturalidad los chavales se hacen mayores queriendo vestir el traje, vistiéndose de soldado o de cocinero y aporreando el tambor o el barril de madera.
A uno le parece un poco más ridículo el papel de cantinerita niña bonita, a ser posible con falda corta y buenas piernas, cada vez menos frecuente –y gracias- en favor de las muchachas vestidas a la antigua.
Quien gusta de mirar y percibir encuentra sin embargo tanto dentro como en la periferia de la fiesta. En los márgenes suceden las paradojas y los divertimentos más sutiles.
Por fin, sin pretender sentirse donostiarra, el forastero termina percibiendo que quien desfila se lo pasa bien, quien mira desde la acera también. Así que si ellos son felices, también lo somos nosotros.
Pues que ¡Viva San Sebastián!
Cocineros y músicos

Sucede en la periferia



