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18 de noviembre de 2010

Trabajar emocionándose y emocionarse trabajando


Es bastante habitual que a los fotógrafos se nos encasille en una u otra especialidad, casi siempre aquella por la que se nos ha publicado más o ha resultado más mediática. Pero eso no significa que a menudo detrás de una especialización profesional no existan los trabajos personales o áreas menos conocidas pero también practicadas.
Mi faceta más conocida es probablemente el trabajo sobre el paisaje y la montaña pero detrás hay una importante ejecución por ejemplo sobre el patrimonio vasco -industrial, religioso, arqueológico- con un importante fondo en los archivos públicos y numerosas publicaciones en estas materias que solo los especialistas conocen.
Viene esto a cuento porque acaba de presentarse el último disco de Kepa Junkera que bajo el título de HERRIA ofrece un recorrido de las canciones vascas por medio mundo, la tercera entrega de la trilogía que tuvo compañía en ETXEA y KALEA. Y he tenido la satisfacción de viajar con estos proyectos por el mundo con el pretexto de enfocar mis objetivos sobre las calles, los pueblos, las gentes y sobre todo de músicos y cantantes.
Bueno, pues esa es otra de mis especialidades; nacida precisamente de la curiosidad de indagar en este mundo musical por vocación propia y propagada después gracias a haber logrado una marca personal. Así el que nació como fotógrafo-montañero termina por ser también fotógrafo musical. Ya son unas cuantas las portadas de discos que llevan mis imágenes por el mundo, muchas carpetas, posters, algunos libros, revistas…
La razón de todo ello es la búsqueda de experiencias y emociones a través del trabajo. Porque la economía, siendo importante, no lo es todo. Y en esto trabajar con los músicos le pone a uno las pilas. Son creadores entusiastas y su alma se contagia rápidamente. Es lo mejor que a uno le puede pasar: trabajar emocionándose o emocionarse trabajando.




ATOM RHUMBA

18 de enero de 2010

VIEJOS ROCKEROS

En primera fila. Allí pude estar ayer vibrando emociones bajo las guitarras de Oliver Durand y Elliott Murphy. Dos veteranos del escenario que volvieron a poner en pie a sus fieles demostrando que los viejos rockeros nunca mueren.
El abuelo Murphy sigue en la brecha, encandila con esa su voz áspera que modula cuando es menester un cántico amable y dulce para casi apagarse antes de vibrar con la intensidad de un rock verdadero. De los viejos modelos de cantante de carretera, de los escenarios próximos y cálidos, de esa sensación de tocar al público vive y alimenta su energía Murphy aliado en ese disfrute desde hace quince años con el francés Durand.
Si hubiesen cantado diez bises el público se habría quedado a pernoctar en el Euskalduna. Fue casi estremecedor el silencio que el aforo dedicó al penúltimo tema; los dos artistas se apartaron de electricidad y micrófonos, avanzaron hasta el borde del escenario y allí tocaron y cantaron "a pelo". Silencio en butacas música de verdad tocando lo sensible arriba: impresionante y hermoso.
Lo siento por los emepetres, emepecuatro y todas las parafernalias para llevarse la música puesta. Como un directo verdadero y cercano no hay nada.
Si pueden ustedes regálense uno de vez en cuando. Es lo mejor que uno le puede entregar al cuerpo.

Murphy ¡vuelve cuando quieras!