16 de mayo de 2020

RELATOS PIRENAICOS. Alta Ruta Vasca. De Egurdi a Organbide. Por donde el Pirineo emite energía sobrenatural


 

ETAPA 7. Egurgi-Organbide

  
Por donde el Pirineo emite energía sobrenatural

Al alba, tras un té caliente, me despido con buenos deseos para el camino de mis compañeros de noche. Ellos caminan hacia el mar de Hondarribia, yo en sentido inverso; todos cruzando rutas y experiencias.
Partir siempre es difícil, más si un río cantarín ha arrullado tu sueño y los pájaros entonado tu despertar. Así, con la suma de las esquilas de las cornudas ovejas manexas que pastan en Irati, se levanta el caminante en Egurgi. Y como acostumbra a hacerlo temprano el rocío acaricia necesariamente sus pies mientras cruza la regata de Egurgi. A sabiendas de que Okabe es un primer objetivo, y no por conocido menos atractivo, me lanzo cuesta arriba entre bordas pastoriles en busca de un camino desconocido para mis pies. Los pastores de Egurgi se levantaron ya hace tiempo, también sus perros, no digamos sus rebaños que ya pastan entre los hayedos para cuando llego a su altura. Prado y bosque, bosque y prado me llevan después de haber repostado agua fresquísima en las fuentes de Kontratxaro. Es una bendición topar con estos manantiales en los lugares más insospechados, al pie de una ladera o en el rincón escondido de un bosque. No puedo evitar tomar un hamaiketako de frutos secos, me lo pide el estómago y la fuente.
Urkulu está aquí también, sin monumento romano esta vez, en forma de promontorio redondeado y herboso pero azotado por un viento de mil demonios esta mañana, tanto que agradezco poder caminar al abrigo en la vertiente norte y evito tomar la cresta. Hay un balizaje por este paso pero es tan imperceptible que más me vale prestar atención. Por el contrario es delicioso el avance por la escarpadísima pendiente que se descuelga desde Urkulu a los barrancos de Artxilondo. No puede ser más salvaje el espacio que lleva este camino  hacia el collado de Kurutxe donde me abraza de nuevo el hayedo, solitario, abrupto, mágico. Es casi llano el tránsito hasta el collado de Oraate, lo que agradezco; menos que encontrar la carretera pastoril que lo alcanza desde el chalet Pedro y que resta encanto a esta pradera herbosa.
Estoy deseando desembocar en los rasos que ocupan los cromlechs de la necrópolis de Okabe; para mí este lugar está lleno de encanto y misterio al mismo tiempo, permite intuir, casi sentir, el pasado de los más antiguos habitantes de la tierra vasca. No soy el único; hoy hay concurrencia entre los círculos de piedras: caminantes, viajeros, montañeros… de todo. Incluso algún iluminado a la búsqueda de las energías del Pirineo. No puedo evitar preguntar a quien veo primero tumbado en el centro de un cromlech, luego sosteniendo un péndulo en equilibrio.
-      ¿Qué es lo que buscas?
-      La energía, y sí que hay.
Me responde en correcto francés al tiempo que me muestra un libro que se titula algo así como “Energie des hautes lieux en France”.
Acaso sea esa la respuesta a la instalación de los monumentos funerarios, acaso el emplazamiento estratégico mirando al Orhi que desde aquí domina un horizonte inmenso. Con esa contemplación es una maravilla caminar cuesta abajo en busca de un camino nuevo para esta alta ruta. Porque aunque otras guías proponen seguir el GR10 esta tiene mayor encanto. Crestear Mendibel es mucho más hermoso. Y por allí va este camino.
Una tortuosa pista permite bajar cómodamente al collado de Surzai, hábitat pastoril de excepción que es paso obligado hacia las pendientes de un Saroiberri tan apartado como simpático, tránsito fácil hacia el collado de Burdinkurutxeta. Allí es normal encontrarse a los turistas mirando los panoramas de Irati y, claro, también miran sorprendidos al caminante que sin dudarlo se lanza por el sendero que remonta atrevido hacia Mendibeltza que también llaman Mendibel.
Entre ovejas y hierbas altas que el viento mece y acaricia, despistando la mirada a ratos en los peñascos de conglomerados que sobresalen como champiñones gigantes, avanzo por el camino hasta Mendibel. Al costado el barranco estremece, más si se mira desde las figuras extrañas que la erosión ha tallado en las rocas de la cima. La larga cresta que se estira hasta Eskaleta es un mirador aéreo sobre Irati y todo el Pirineo y pese a los sube y baja de la ruta casi ni me entero de tanto gozar viendo horizontes. Xardeka y Arthanolatze preceden en esta sucesión a Eskaleak. Y luego ya es bajar, al encuentro del bosque magnífico, de las hayas que dibujan sombras de bruja, al abrigo de la humanidad que proporciona el refugio y la vecindad de Organbide.
Hoy toca ducha y supermercado, la última oportunidad hasta Lescun y hay que aprovisionar bien porque llega lo más duro. La despensa tampoco es muy generosa: pan, lo justo, alguna lata, galletas, embutidos… no hay más pero uno se puede regalar una cena servida como homenaje a lo que le espera. Yo no me resisto.










12 de mayo de 2020

RELATOS PIRENAICOS. Alta Ruta vasca. De Orreaga a Egurgi. Entre peregrinos y pastores


ETAPA 6. Orreaga-Egurgi

 Entre peregrinos y pastores

En Orreaga el madrugón es casi obligatorio. Incluso más si se ha acudido de víspera a la celebración de la misa del peregrino. La verdad es que no es necesario ser muy católico para participar en este ritual porque es más una comunión de espíritu que de devoción. Siete, ocho o los idiomas que sean necesarios, indumentaria caminera y ánimo convivencial son los ingredientes fundamentales.
Alguien me dirá que esto poco tiene que ver con la Alta Ruta y yo digo que mucho. Pasamos por los caminos y por las cimas como los viejos aventureros, para buscar, mirar y para encontrar. Y esto está ahí al costado del camino y como los pájaros, las nieblas y los panoramas nos enseña cosas de la vida.
Con las cosas de la vida se marcha uno de Orreaga, o de Ibañeta si se ha quedado por ahí, o acaso de las inmediaciones de Lepoeder, un buen sitio para vivaquear mirando al horizonte. Cuesta arriba hasta el collado, hasta el puerto épico que parece el máximo objetivo del peregrino. Ellos llegan, nosotros marchamos en sentido contrario. Aquí, uno de los puntos más severos para el peregrino, se le  empieza a presentar al rutero pirenaico la montaña verdadera. Aquí tiene la oportunidad de mirar el despliegue de la cadena y siente ganas de ir muy lejos.
Si además el Pirineo se abre sobre un manto de nieblas entonces el caminante sabe que está en el lugar perfecto. Justo estoy pensando así cuando he decidido abandonar la seguridad del paso trillado por los carros y también a los peregrinos, dejarles en su camino marcado, el que llega junto a la ruina de la ermita de Elizatxarra y la fuente de Bentartea donde cuentan las leyendas que Roldán, herido de muerte, pidió agua para apagar el fuego que quemaba sus entrañas. Tras pasar la loma de Menditxipi me desvío a la pradera y trepo una cresta sin senda a la búsqueda de los altos de Txangoa. Y desde luego que no me arrepiento cuando salgo sobre las nieblas y estas comienzan a deslizarse bajo mis pies. Unos instantes después mi propia silueta proyecta su sombra en las nubes flotantes y un magnífico espectro de broken se forma como por arte de magia. Momentos como estos no hay muchos pero nunca se olvidan.
Ahí, a un paso, se eleva Urkulu, el torreón misterioso que, dicen, fue levantado como un gigantesco trofeo romano, para conmemorar la victoria del Imperio sobre los Aquitanos y los Íberos del Norte, para recordar a los pueblos indígenas quién era el poderoso y dominador de estas vías de comunicación.
De camino, bajando casi por la línea de mojones fronterizos espera primero el collado de Arnostegi. Seguimos en tierra de minas; más de diez tajos se explotaron en el contorno, como en el mismo Txangoa; desde ellos se llevó el material arrancado hasta la ferrería de Olazar, encajada en el barranco, apenas medio kilómetro aguas arriba de la afamada fábrica de municiones de Orbaizeta.
Ahora sí, sólo queda subir el fuerte repecho a Urkulu. Puede evitarse llegar a su cúspide pero no lo hagas pues no te lo perdonarías. Reconforta sentarse a escuchar a estas piedras milenarias, talladas con perfección para trazar un círculo potente, mirando a Levante para ver al Pirineo estirarse más y más hacia el cielo.
El GR 11 está al pie de Urkulu, vigilado por el dolmen de Soroluze, siempre atisbando el paso de los pastores de la majada de Azpegi. Aquí el caminante esta rodeado de historia y prehistoria: el torreón, las minas y las ferrerías, los monumentos funerarios…
Bajando a Azpegi hay que decidir camino: tirar hacia Mendilaz, lo que no recomiendo más que a quien desee extraviarse en un bosque salvaje, o desviarse hacia Organbide. Y de nuevo decidir si hacer la Alta Ruta por Errozate o por Mendizar, si bajar a buscar cama a Beherobie o marchar a dormir hasta Egurgi. Yo ya lo tengo decidido después de dos ensayos con poco éxito. Uno que terminó en la boca del lobo por los lapiaces de Mendilaz y otro bajo la lluvia en la cueva de Harpea. La opción de Mendizar, salvo que la niebla sea muy traidora, es muy interesante, campestre y amable. Va llevando suave suave hasta la fuente atrapada de Loigorri (imposible tomar agua si no es en la balsa del ganado) y luego se encarama hasta coronar Mendizar. Y esto es todo un privilegio, ir constantemente mirando cuando cae la tarde al esbelto Errozate, y de paso a todos los paisajes de ese Irati que pronto tenemos por escenario de correrías. La bajada rompepiernas a Egurgi es de las que hay que tomar con calma, directa al bosque donde espera un refugio de los que gustan, con fueguito para asar un choricillo, para conversar al calor de las brasas después de un baño fresco en el río. Sinceramente, mejor que una cama en Orreaga.











8 de mayo de 2020

RELATOS PIRENAICOS. De Aldudes a Orreaga. Oliendo a hierro y pólvora


 

ETAPA 5. Aldudes-Orreaga

 Oliendo a hierro y pólvora

Amanecer en el campo siempre le aporta a uno algo de incertidumbre. Hoy también. Si ayer se encendieron, brillantes, las estrellas en el cielo, hoy quienes se han hecho dueñas de su azul son las nubes bajas. Han acariciando la tienda ultraligera durante todo el tiempo de oscuridad dejando una película de miles de gotitas y esa es mi compañía cuando asomo la cabeza sobre Aldudes. El panorama no es el que esperaba pero… El té con galletas entra como una caricia además de ser útil para calentar las manos. Calentamiento previo antes de despedir los tejados de Aldudes desde el promontorio-atalaya que me ha cobijado marchando hacia Otsamunho. Hay quien desde Aldudes emprende las pistas de los hayedos de Haira para alcanzar las colinas de Lindus y luego Ibañeta y Orreaga. Pero se dejan una cima interesante y a ella me voy.
El camino inicial es evidente, marcando un sendero de esos que parecen trazados meticulosamente por un jardinero. No en vano arranca en el collado que tiene por nombre Lepoeder. Y se encarama a las laderas de Otsamunho, un monte de esos que casi sólo conocen sus vecinos, sin campanillas, sin cimas altivas, sin historiales; pero hermoso. Y con capacidad evocativa porque su nombre no significa otra cosa que colina de lobos. No los veremos pero si a los ganados, ovejas, caballos y vacas en abundancia en país de buenos pastos. Ladeando por Haritzilo no encuentro a nadie más que a un pastor con sus perros. Ha madrugado más que yo porque está ya de regreso entre las nieblas. Cresteando la ladera campestre de Otsamunho el día comienza a sonreir. Lo hace abriéndose en luces que enseñan el Autza en guiños primero y luego mandando disiparse a las brumas.
¡Ay, qué miedo! Lo que parecía una jornada triste se va a convertir en canícula.
Y desde Otsamunho me espera una ristra de toboganes a pleno sol, praderas y colinas, una detrás de otra. La primera es Errola que me lleva de bajada al collado de Meharroztegi. Hay aquí algo de coincidencia en estos dos topónimos tan transparentes. Bajo Otsamunho está Banka, que tuvo antes otro nombre: Iturrigorri, evocación evidente del color de sus aguas. Ya me habían dicho, que esta es tierra de minas, de hierro y de cobre que ya buscaron los romanos, metales que enriquecieron el valle y cuyas huellas tampoco debían faltar en las montañas. Así pasa en este collado de Meharroztegi. Venía caminando con la sospecha incitada por esos nombres de montaña y collado, como el protagonista de la canción de Silvio Rodríguez, con la mirada puesta en el andar pero en este caso también en donde iba poniendo los pies, y así fue como las encontré. Las escorias de las ferrerías de viento, los restos de la probablemente fundición más primitiva del hierro de Aldudes han quedado en la pista que desciende de Errola. Son como una piedra más pero su brillo oscuro y la forma redondeada las delata; aquí debieron estar los viejos ferrones azuzando las ascuas de sus hornos.
Hoy el calor aprieta ya como un horno por estas alturas y el repecho que viene castiga. Luego son más cuestas aún en busca del collado donde se sitúa la majada de Lindux. Pero, esquivando la ruta que transita al este me voy buscando el cobijo de los hayedos. Y la sombra fresca de uno de ellos es el cobijo ideal para una siesta consecuente con un frugal almuerzo. La fuente de Hayra me ha permitido un baño impúdico que redondea todos los placeres posibles en estos parajes.
Más allá otra fuente permite otro refresco, al pie de la majada de Lindux. La montaña puede evitarse con sólo seguir la pista pero el corto repecho es una suerte de bellezas. Las nubes parecen jugar a adornar el cielo, a componer mis fotografías y a tapar el sol por instantes. Entretenerse en ello ayuda a soportar la falta de aliento. Es la última cuesta arriba de la jornada. Para conquistar la fortaleza de Lindux, una más de las trincheras plantadas para defender las fronteras de los ejércitos de la Convención, lanzados contra Nafarroa desde junio de 1793. De los cerca de veinte mil hombres de la fuerza militar española destinados a esta causa fronteriza mil estaban en la línea de Orreaga. Tres años inútiles de resistencia para tener que claudicar ante los ejércitos de Napoleón.
Esto explica qué buscaban en Lindux en una ocasión una pareja de ingleses; hurgaban en las pedreras de las trincheras del Turrao y del Castillo, escarbaban y rebuscaban algo sólido y allí seguro no había ninguna lentilla.
Una mirada al horizonte de las encrucijadas. Aquí confluyen varios cordales significativos, cada uno buen trazado de otra posible variante alternativa de esta Alta Ruta pirenaica: el que llega desde Adi por Sorogain y Mendiaundi; el que desde Baigorri se prolonga por la pirámide de Adartza y Lauriñaga.
Ladera abajo camino enseguida en los hayedos magníficos que caen sobre Ibañeta. E inevitablemente uno se siente allí peregrino también, en una marea de viajeros, turistas y caminantes de sandalia que se concitan en este paso simbólico.
Hoy me toca cena y cama confortable, en Orreaga, mañana cabaña.









6 de mayo de 2020

RELATOS PIRENAICOS. De Erratzu a Aldudes. De la mole del Baztan a los collados del contrabando




 

 


De la mole del Baztan a los collados del contrabando

El Autza se divisa de casi todas partes cuando se va de viaje por cualquiera de los valles de Baigorri y Baztan. Desde cualquiera de sus rincones el Autza es una referencia, emblemática e imponente. Debió también de serlo como otras montañas totémicas -el Adi, el Ori, el Anie…- para los pastores prehistóricos porque a sus pies enterraron a sus muertos y es siempre un faro en los relieves de ese Pirineo vasco iniciático que se eleva desde el mar hacia Oriente. Por eso no podríamos haberlo evitado en esta travesía.
Hay varios caminos hacia Autza pero he elegido el más inédito y probablemente el más salvaje porque es el más directo. Remonta todo su lomo mientras se eleva sobre el valle y despierta una percepción del país del Baztan como pocas, también de las tierras que dominó el señor de Ursua. Por cierto, hubo dos Ursuas que tuvieron morada ambos en el palacio de Arizkun; uno de ellos fue conquistador del castillo de Amaiur; el otro, el marañón Don Pedro, partió a América del Sur en busca de la fortuna mítica de El Dorado para terminar muriendo a manos del desalmado Lope de Agirre –el oñatiarra- quien antes de acabar con él le dijo “tú te callas, que no eres vasco ni navarro, eres casi francés…”.   
A la vista está igualmente aquel Bozate, rincón de olvidados donde vivieron los Agotes que encontraron refugio en su huida de la inquisición y marginados como raza maldita desde el siglo XIII. Guardaron en secreto sus avanzadas técnicas de construcción pero nunca pudieron convivir con sus vecinos.
Tanto palacio, tanto sillar bien labrado debió de costar muchas fortunas. Sabed que muchas de ellas se hicieron con los beneficios del contrabando, pasado precisamente por los caminos que ahora están al frente, por ese mítico collado de Berdariz en el que convivían cada noche los caseros, los extraperlistas y los carabineros.
Mirando, siempre mirando. Y para esto Autza es magnífico si se sube a la brava y por la directa desde Erratzu. Porque, como el corazón, se te va ensanchando el panorama, primero sobre los tejados, luego sobre los barrios y por fin sobre todo el Baztan. Es un regalo; bueno, mejor un intercambio por el esfuerzo. Digo esto porque he sudado lo mío en esta mañana de verano trepando entre las argomas. A los pies del Autza el Mamutzen erreka alimenta una de las primeras fuentes del río Baztan que luego será Bidasoa pero aquí arriba no hay ni una gota de agua almacenada, sólo piedras. Las más impresionantes anticipan la llegada del montañero que sigue este camino a la cima herbosa, rotas en miles de lajas que invitan a construir una cabaña. Alguien debió hincar una y otra y otra; y parece que tal costumbre repetida ha provocado el levantamiento de un sin fin de pequeños menhires en la arista. Autza parece ya un peculiar camposanto que dibuja fantasmas de piedra en el cielo.
Felizmente estoy en la cima del Baztan, en la mole montañosa que se ve de todas partes, entre rasos y trincheras, paisajes y horizontes. Los primeros para el ganado, las segundas cavadas en guerras diversas, de la Convención o Carlistas, y los últimos para gozarlos plenamente. Allí están las montañas a las que me dirijo y ahora puedo trazar el camino imaginario casi desde el cielo.
Los mojones fronterizos parecen mandar, ir diciéndote: por aquí, por aquí… plantados a perpetuidad donde la raya sólo existe en los papeles.
Cuando la loma de Itxauz me recibe puedo adivinar el paisaje de Aldudes al que siempre llego con placer. Pero el camino me absorbe, placenteros los bosques húmedos donde se refugian los ganados, sorprendentes los espolones rocosos insospechados en esta cuerda roma, increíble la soledad.
Cuando llego a Berdaritz recuerdo que aquí hubo un dolmen muy simbólico, como si estuviera marcando un paso clave en esta cadena pirenaica. Pero debió de estorbar a alguien porque se lo quitaron de en medio al abrir una pista. Cosas del tránsito humano. De eso saben mucho apenas un poco más abajo, en el caserío Urruska, en pie desde el siglo XVIII. De lugar apartado del mundo, de convivir cada día con las escaramuzas de guardias civiles y de contrabandistas se ha convertido en el pionero de loa alojamientos rurales, Q de calidad incluida.
No me importaría recalar allí un par de días pero mi destino está más lejos y no he traído en vano mi tienda de campaña que me guarecerá del rocío esta noche.
Casi sin darme cuenta me he comido el día andando a placer por estas alturas, sesteando y contemplando y la penumbra me termina por acompañar a las puertas de Aldudes. Por eso me merezco un premio: un “menú de pastor” servido con amabilidad y que me sabe a gloria a las puertas del frontón donde el famoso Perkain asombraba a todos los habitantes del Quinto Real en el juego de laxoa.
Cuando cae la noche en Aldudes el silencio deja al río cantar su propia música. Y ese arrullo es una delicia para dormir.






4 de mayo de 2020

RELATOS PIRENAICOS. Col Urtsumiatza-Erratzu. Campos de Soledad




Campos de soledad

Urtsumiatza es soledad. Inevitable acordarse del invierno, del oscuro y del frío que deben asolar estos rincones con velocidad abrumadora en cuanto el sol se escapa hacia el valle de Etxalar. La noche se hace aquí muy larga, rodeada de silencios, acompañada de murmullos de bosque, de mochuelos y roedores. Pero por la mañana, con el resucitar del día, asomando las luces hacia las murallas de Aitxuria, se agradece especialmente el retorno a la vida. Así, camino despacio los primeros pasos que de Urtsumiatza llevan hacia el valle de Baztan. Junto a los robles del collado me despido de las praderas de Etxalar. Sé que me espera tierra solitaria pero casi lo agradezco esta mañana.
El viejo camino se encrespa suavemente en los perfiles de la loma de Palomeras. En otoño es mejor no venir a estas tierras; deberían ser el imperio de las aves viajeras pero son dominio de los cazadores que les acechan tras cada arbusto como los viejos carabineros de frontera. Fronteras marcadas desde antiguo también por otros hitos más macabros aún que las palomeras, todos emblemas de muerte. Son los bunkers de la “Línea P (Pirineos) o Línea Gutiérrez” –este era el nombre de uno de los coroneles de infantería que participó al parecer en el diseño de la fortificación- que debiera haber prevenido una invasión aliada desde Francia tras la Segunda Guerra Mundial. Nada sucedió y nunca un bunker fue utilizado para propósito bélico alguno pero ahora acompañan a cada trecho.
Así es el mundo de contradictorio cuando se cruzan las tierras más abruptas de esta Navarra pirenaica, en pleno Señorío de Bertiz, donde cada caserío es un paraíso apartado.
Alkurruntz parece hacerle la competencia a Aitxuria y me desafía. No puedo coleccionar todas las cimas, a mi pesar, aunque también es posible otro desvío a esta picuda pirámide. Por hoy la dejaré de lado a sabiendas de que en esta etapa tengo poco más que colinas para coronar. Están después de pasar Eskisaroi y aunque ahora este lugar ha perdido ya toda su actividad tradicional no deja de mantener una importante fuerza simbólica. Porque, como ahora, fue siempre una encrucijada de caminos fundamental; de arrieros transportistas, de contrabandistas y de ganaderos. Elizondo está cerca y todos los intrincados caseríos de la comarca tuvieron un paso por Eskisaroi. Ante la explanada de la antigua venta se congregaban cada verano, en agosto, por San Bartolomé, gentes llegadas de todos los pueblos del contorno. Rezaban la romería al santo y por supuesto festejaban la reunión con placeres para el vientre, cosa siempre importante en estos lugares solitarios.
Poco más que un caminante despistado o acaso un ganadero sorprendido de encontrar a un caminante se tropieza uno por estos pagos. Lo más, ganados tranquilos que pacen a sus anchas: vacas, ovejas y caballos. Casi siempre están ventilándose del calor del verano por Oiarmunho y Atxuela, las máximas elevaciones de esta jornada de tránsito. Sólo helechales y praderas coronan estos paisajes que miran a Baztan y a los confines de Iparralde.
De camino, antes de cumbrear Atxuela, le sale al paso al caminante una misteriosa cruz de hierro, soportada en una raída estaca. Me gustaría poder preguntar, pero no encuentro a quien; topar con alguien que explique la razón de este hito en la nada de los caminos de montaña. Al menos quienes acaban de renovar el GR11 se han tomado el trabajo de limpiar el balizaje que antes habían pintado sobre este símbolo. Gracias.
Las cuestas se acaban en Atxuela; al menos las que van para arriba. Ahora toca bajar, con la mirada puesta en Autza, que se ve muy grande, destrepando helechales y caminos de trote hasta la ermita de San Fermín, donde ya está el espacio urbanizado de Azpilkueta.
Asentada en un estratégico balcón que tiene el valle por panorama, esta Azpilkueta supo colocarse al pie de un viejo camino que antes recorrieron peregrinos y guerreros. Entre sus casas de piedra roja, en el solar de los Jaso, fue concebido el patrón navarro: San Francisco Javier.  La torre medieval que fue su primera morada ya desapareció pero el pueblo sigue protegido arrimando sus propias casas entre sí.
Bajando de Azpilkueta debe verse, si las nubes no lo impiden aquí donde más llueve en Euskal Herria, el vallecito que abriga a Amaiur, a los pies de Otsondo y Gorramendi. Un monolito se yergue sobre un cerro acastillado. En aquella fortaleza se sucedieron una tras otra repetidas invasiones desde el siglo XIII. Allí estuvo el último bastión desde el que los agramonteses defendieron a muerte el reino de Navarra. El castillo de Amaiur sucumbió ante los castellanos tras una heroica batalla en julio de 1522. Nada pudieron hacer doscientos hombres, entre los que estaban el padre y el hermano de San Francisco, contra los diez mil asaltantes que rodearon la colina. Pero aquel es todavía el más potente símbolo de la lucha secular por la independencia de Navarra.
A poco que oigamos una conversación entre Azpilkueta y Erratzu sabremos que estamos en Baztán, porque el euskera de esta tierra tiene música propia, tiene sonido de montañas, gesto amable en la palabra.
Arizkun está en silencio cuando cae la tarde. Porque hoy no ha salido su oso furioso. Sólo sale el martes de carnaval enfurecido por su encadenamiento. Y todavía, pese a su insistencia, no ha conseguido liberarse de la cadena de su domador que lo arrastra año tras año por la fiesta.
Erratzu está a un paso, de camino vecinal, de camino ahora asfaltado pero que siempre tuvo tránsito de vecinos, de amigos.









3 de mayo de 2020

RELATOS PIRENAICOS. De Lizuniaga a Urtsumiatza. Por donde viajan las palomas.






Por donde viajan las palomas

-¿A Ibantelli?. Labeaga, querrás decir. Ibantelli le llaman los franceses, para nosotros siempre ha sido Labeaga.
Es el hombre de la Venta Lizuniaga quien me lo aclara. Porque de los caminos saben ellos más que ellas.
Claro, me lo explico. La cima está íntegramente en Lapurdi y no puede evitar tener dos nombres. Pero eso de Labeaga… me suena a topónimo de ferrería o, ¿acaso de carboneo?. Uno es ignorante pero curioso y por preguntarse que no quede.
Nadie va de Lizuniaga a Labeaga cuando hacen la Alta Ruta. Conectan con el GR-11 para marchar al puerto de Lizarrieta y acaso es más rápido pero bastante menos hermoso. Me siento mugalari por un rato mientras sigo la “raya” de mojón en mojón: el 38, el 39, el 40; entre hayas profundas y prados venteados. Y por fin la cima de dos nombres entre peñascos; curioso y panorámico.
Bajar a Lizarrieta, sin niebla, es una delicia. Apenas un paseo en la mejor hierba del mundo. Aquí también hoy toca hamaiketako, frugal en esa venta que bulle en tiempos de pasa de paloma pero vive solitaria la mayor parte del año. Allí sí, toca retomar el GR 11 a uña de caballo por los cordales de las palomeras. Entre puesto y puesto, de trampa a trampa, incluso pasando sobre el estratégico montaje de las redes tradicionales.
Aitxuria estará más tarde en el horizonte, provocando. Yo no me resisto. Desviarse a esta cima supone varias horas añadidas a una etapa que es larga pero, en mi libertad, reinvento la Alta Ruta y la hago más auténtica. Quien quiera seguir a los otros no tiene más que continuar el GR 11, largo y tendido por una pista de cazadores; nos encontraremos de nuevo en Irazakuko bidea, al pie del pico Zentinela. Dejo así marchar al GR al pie del mojón 50, un número redondo. Mientras él marcha al Sur yo sigo al Este, apuntando a la Peña Plata. Hay que seguir pistas solitarias, bosques y praderas, un mundo apartado de la civilización donde parece que el tiempo se hubiera detenido casi a la vez que terminaron los episodios de las guerras Carlistas que tuvieron protagonismo entre aquellas peñas. Aitxuria no queda de paso. Hay que ir y volver pero como el subir y bajar este también es nuestro destino.
Y resulta agradecido descubrir la fresquísima fuente que desliza agua cristalina en este mundo de soledad, al pie de la peña. Da pereza subir sabiendo que el camino queda largo pero crestear las raras rocas rojizas de Aitxuria es un honor. Formas de capricho por todos lados y panoramas inmensos al Norte y al Sur. Zugarramurdi y sus memorias brujeriles apiñándose a los pies, al otro lado los retos constantes de Alkurruntz y Autza capitaneando sobre los dominios del señor de Ursua. Allí hay que ir, por caminos de bosque y largos cordales. Y si aún queremos más cumbres está a la vera el cerro Zentinela; con ese evocador nombre hasta sugiere vivencias históricas aunque su cúspide no es mucho más que una loma visual. Al otro lado circula el GR que se abraza en tierras de Bertiz a este camino pionero. Al poco de ese abrazo me espera la decisión de continuar o descansar. A un lado Etxalar, muy cerca Saroiberri con su caserío apartado entre hayedos y laderas escondidas. Me quedo a sabiendas de que no llegaría de día. Erratzu está lejos y esperará un poquito más.





1 de mayo de 2020

RELATOS PIRENAICOS. En la Alta Ruta de Euskal Herria, de HENDAIA a LIZUNIAGA



Por las fronteras del alma


Lo correcto, lo “oficial” de una alta ruta que se precie es comenzarla en el extremo, es decir en la misma playa.
Pero no es lo más habitual que quien va a emprender una larga travesía en busca de las cumbres decida hacerlo caminando junto a la playa. Sí, siempre están los rigurosos, pero no son los más abundantes.
Yo recuerdo todavía aquella sensación extraña en ese primer tramo urbanizado que comparten la alta ruta y el GR-10. Justo la de ser un marciano vestido con mochila y botas que camina entre bikinis y surfistas y de pronto es como el bicho de un parque de atracciones a quien todo el mundo mira. No deja de ser un contrapunto pero esta vez mi travesía personal en esta tierra de fronteras comienza por transgredir la norma y me planto en Biriatu para comenzar el camino. Mato dos pájaros de un tiro –dicho de manera simbólica, que nunca utilizaría arma ni mataría nada más abultado que un picajoso mosquito-; ahorro un trecho que no me gusta y me presento en la plazoleta de Biriatu cuando aún se desprenden aromas de café caliente, cuando el sol comienza a dibujar sus primeras sombras entre la iglesia de San Martín y las casitas rojiblancas de este pueblo que ojalá se guarde así mucho tiempo. Allí mismo, tempranito, arranco mi periplo pirenaico.


Allí mismo también, a la vuelta de la esquina, puedo abrevar mi cantimplora y ya estaré listo para cruzar el Missisipi; perdón, el Pirineo. Cuestas desde el primer paso… esto es la montaña; mirando al Bidasoa, el río de los contrabandistas. Tendremos en este largo recorrido muy de cerca otras historias de escaramuzas y estraperlo pirenaicos pero aquí mismo cuentan algunos testigos que los pasadores ayudaban a los fugitivos del nazismo alemán instalado en Francia a cruzar el Bidasoa escondidos de los controles de la Guardia Civil. El río se va quedando abajo, envuelto en su cinta de árboles frondosos, casi escondido, mientras el camino trepa. El GR se va por lo fácil, faldeando.
-¡Hasta luego!, le digo.
Yo me voy al norte, bajo las rocas extrañas del Txoldokogana. Por debajo primero pero subido sobre ellas enseguida. Asomado, con los pottokas, desde la atalaya de la Roca de las Perdices. Siempre me he preguntado por qué le llaman así aunque nunca he visto aquí ninguna perdiz. Supongo que debe ser por la peculiar forma adoptada por su estructura geológica creada por sedimentos oceánicos que le dan cierto parecido a la cola de una perdiz. Por eso también hay una Roche à Perdrix en los Alpes y otra nada menos que en Canadá.
Desde esta atalaya simpática encuentro la primera duda de mi travesía: ¿por qué no hacer la Alta Ruta por Aiako Harria que está ahí enfrente?. Salir por Jazikibel, atravesar el espinazo de Txurrumurru a Erroilbide y cruzar el Bidasoa rozando Bera. Claro que también es posible.
 -Bueno, me digo, para la próxima.



Y de la misma, dejando Perdrix en el olvido, me dejo arañar por las argomas hasta el Txoldoko. ¡Conquistada!. La primera cima de la Alta Ruta. Qué bello rellano para pastar, o sestear. Pero no, nada de eso me está permitido hoy; tira para abajo hasta Osin, más praderas de envidia, para volver enseguida a trepar.
Qué sino más estúpido pero tan hermoso este de bajar para volver a subir, para volver a bajar y siempre así. Como nuestra propia alma.
La cuerda es fácil y campestre y por eso es un espacio dado a las filosofías. El sendero más allá de Osin está tallado por miles de pasos cada domingo. Muchos van a tomar por aquí el hamaiketako hasta Ibardin.
-Mira qué idea. ¡Eso voy a hacer!
Primero me subo Manttale, casi poco más que un repecho y aunque busco no encuentro el dolmen que está fichado por aquí. Así que me llego de un salto a Ibardin y me pido un superpincho de tortilla y un cafecito. Vayamos suave, que lo duro ya llegará sin buscarlo… Un poco de provisión en el super y a huir de las muchedumbres del verano acarreando como locas pastis y cartones de tabaco.
Luego viene Larrun… yo voy, quiero decir. Tirando de mapa y de topoguías que aquí, en esta alta ruta, no hay balizaje que valga. A punto de perderme -eso también pasa fácilmente si uno se descuida- consigo encontrar el camino en colaboración con una parejita de enamorados franceses con los que hago un buen trecho de la etapa; él con zapatillas de montaña y ella –muy aguerrida- ¡con sandalias!. Esto también es la alta ruta.


La maldita subida a Larrun me pesa; evito lo posible la grava de la pista pero es difícil. Menos mal que el paisaje gratifica la mirada aliviando así la pena. Aún más cuando una vez coronado Larrun uno se permite divagar entre sus peculiares formaciones rocosas y compartir el sentimiento que trajo aquí a la primera turista de Euskal Herria en subir a esta cumbre. La Emperatriz Eugenia de Montijo subió aquí sólo para ver los paisajes. Y de eso abunda en todo el derredor; hasta el mar.
Otra licencia para confundir al alma. Aprovecharemos mientras podamos: comida y cerveza fresca en una venta de la cima; en euskera, en español o en francés, el idioma se elige gratis.
-¿Esto es montañismo?. No lo sé, es la Alta Ruta del Piri. Esto es la libertad y allá cada cual.
Antes de partir me detengo a compartir experiencia con los turistas que llegan ilusionados en el simpático tren cremallera.  Tocan, si pueden, a los caballos y se fotografían con ellos en un acto de apropiación simbólica. Allí les dejo, a la cola del tren, y tiro pradera abajo, deliciosa pradera que se encrespa en canales solitarias enseguida y hace trabajar más de lo que las piernas desean. Lo mejor de Larrun está en este lado, en sus peñascos fantasmales, en esos conglomerados sorprendentes enhiestos sobre pastizales tapizados de helechos.
En Lizuniaga me espera –eso ya me lo he asegurado antes de salir- ducha, cena amable y cama. ¿Qué más se puede pedir junto a un atardecer dorado sobre Larrun y estas montañas del Bidasoa?.



RELATOS PIRENAICOS. En la Alta Ruta de Euskal Herria





Repaso y comparto los retazos escritos de una magnífica experiencia vivida durante una travesía pirenaica por los puntos más altos del Pirineo de los vascos.
El trabajo se publicó en la guía ALTA RUTA DEL PIRINEO VASCO donde está además la topoguía y los mapas pero recorreremos aquí de nuevo la parte más emocional de aquella travesía.


ALTA RUTA DEL PIRINEO VASCO

Alto, muy alto siempre

Este es nuestro lema: cuanto más alto mejor; cuanto más arriba más hermoso.
Con esta idea en la cabeza y también en el corazón nos vamos a lanzar a una verdadera aventura para atravesar el Pirineo vasco de oeste a este, intentando en esta alineación ir coronando el máximo de cimas posible.
La primera travesía del Pirineo de la que se tiene constancia fue realizada en 1817 por el naturalista Fréderic Parrot que en 53 días enlazó las playas de Donibane Lohitzun y de Canet. La Alta Ruta Pirenaica, HRP (Haute Randonnée Pyrénéenne) en origen, fue pensada y realizada como una travesía por las alturas por primera vez por Georges Veron en el año 1968 y se ha convertido ya en la travesía de verdad del Pirineo, más severa y comprometida que cualquiera de los GRs -10 y 11- que recorren sus dos vertientes. Es comprometida porque no hay un balizaje que ayude, el máximo son los hitos de piedras dejados por los propios caminantes; es dura porque intenta ir por los collados altos, evitando largos descensos a los valles y es aventurada porque no es una sola sino que existen varias versiones –las tres topoguías francesa (1ª edición 1974), inglesa y española no siguen trazados exactos-, hay muchas posibles variantes y es cada montañero quien debe decidir la suya, en función de su interés, de la forma física o acaso de la meteorología.
En todo esto nuestra Alta Ruta es aún más aguerrida. Dado que son sólo unas pocas etapas, hemos diseñado una travesía alta de verdad y para eso nos vamos por las cumbres, a cambio por supuesto de un poco más de fatiga pero muchas más emociones. Nos pasearemos sobre algunas alturas del Bidasoa, coronamos Larrun, nos atrevemos a subir a Atxuria y también al Autza, al Lindux, a Urkulu y Mendizar, campearemos por Okabe y nos atrevemos con la cresta del Ori. Y aún más, dibujamos en un colofón magnífico un largo espinazo de alturas sucesivas: Otsogorrigana, Barazea, Kartxela, Lakora y terminamos regalándonos la mejor mirada a todo el Pirineo desde el Anie tras recorrer el magnífico espinazo de Añelarra.

Donde la mirada tiene horizonte de mar

Las montañas del Pirineo llevan nombres vascos cuando sus alturas se van empequeñeciendo hacia el Oeste y entonces sus horizontes dejan de ser terrestres para convertirse en marinos.
La cordillera reina de las montañas de la península apacigua sus bravuras en los costados y es en el vasco donde sus laderas se tapizan de los mas hermosos vergeles de la cadena.

En el aspecto geomorfológico el plegamiento pirenaico ha influido de forma trascendental en el paisaje vasco y sus mismas elevaciones han terminado por transmitirse a la geografía del País creándose lo que se ha dado en llamar la orla vasca o arco vasco, una línea que configura el relieve con esta forma orientando al mar la zona cóncava. Las alturas de esta región se organizan después siguiendo bandas casi paralelas a la costa.
Cuando se sigue la cadena hacia el oeste, después del último dos mil pirenaico, el Ori, que eleva en Nafarroa sus 2021 metros, el nivel medio de las cumbres desciende notablemente situándose entre los 700 y 1600 metros. Algunos autores han denominado a este extremo de la cadena Depresión Vasco-Cantábrica, otros Umbral Vasco o Pirineo Vasco Cantábrico y por fin está como mas aceptada la expresión de Montes Vasco-Cantábricos. Sin embargo no hay un claro consenso para definir a esta porción del relieve montañoso que recubre a Euskal Herria pero de lo que no hay duda es de que los montes vascos y la Cordillera Cantábrica constituyen la prolongación occidental de los Pirineos y esto se manifiesta en su propia estructura tectónica y en los materiales geológicos de su constitución.
Correspondientes a la morfología cárstica y también dentro de la estructura general de los Montes Vascos, aunque bastante alejados de la línea Pirenaica como para considerarlos aquí, se levantan las sierras características de Aralar, Aizkorri, Urbasa y Gorbeia. Nuestra referencia pirenaica se refiere aquí solamente a estas elevaciones que arrancan en la proximidad al mar para elevarse hacia los sistemas cársticos de Belagua.
Es en esta región pirenaica de escasas altitudes donde además el paisaje ha permitido una mayor implicación entre los dos lados de la cadena. Se puede afirmar que el descenso en la altitud media del Pirineo vasco ha ofrecido a lo largo de la historia un espacio permeable a las migraciones biológicas de vegetación, aves y especies faunísticas en general y también a los intercambios humanos y todo ello ha condicionado en gran medida la cultura y el paisaje. En contraposición a esta permeabilidad del Pirineo Vasco el resto de la cadena ha supuesto un obstáculo evidente para las interrelaciones entre la Península Ibérica y el continente europeo.
El clima también ha tenido su influencia, con la presencia inmediata del mar como gran agente suavizador de temperaturas y servidor de humedades y lluvias empujadas siempre por los vientos dominantes del Oeste.
Cuando se observa el paisaje humanizado de estas regiones se puede apreciar que las condiciones del hábitat han generado un poblamiento rural más disperso a medida que se viaja al oeste. Las aldeas apiñadas del Pirineo Navarro han dado paso ya en el valle del Baztán a una multitud de caseríos dispersos que se mantiene en la geografía guipuzcoana hasta las ciudades costeras.
El mar y la actividad que el corredor de comunicación han propuesto a las orillas del Bidasoa han permitido a las poblaciones costeras alcanzar un gran desarrollo histórico relegando a las gentes de las montañas a una ocupación estrictamente agrícola.
La industria y el crecimiento comercial se han adueñado de las tierras que se extienden a lo largo de los valles como en la extensa bahía de Txingudi, entre Hondarribia e Irún, y el poblamiento rural persiste en las alturas, como sucede en los valles navarros de la divisoria o al pie de los macizos fronterizos de Aia y Adarra/Mandoegi.
El montañero que se aproxime a este extremo pirenaico podría percibir por estas circunstancias un mundo de fuertes contrastes entre la montaña y las poblaciones del valle. A muy corta distancia de las últimas elevaciones pirenaicas: las peñas de Aia o el cordal costero de Jaizkibel, se sitúan ciudades de alta densidad de población como Oiartzun, Irún, Hondarribia, Rentería, Pasajes o la misma Donostia/ San Sebastián.



Los paisajes que envuelven estos entornos rurales son siempre verdes y notablemente tranquilos o solitarios a pesar de su proximidad con las grandes poblaciones. A lo largo de la historia estas montañas fronterizas han sido escenario de innumerables acciones humanas: pastoreo prehistórico, trabajos mineros, escaramuzas guerreras o paso de contrabandistas. Todo ello ha contribuido a crear un rico universo de leyendas y de historias populares que revisten a este extremo del Pirineo de singularidad e interés.
En el aspecto humano hay que advertir a lo largo de los tiempos la huella de una sucesiva explotación de estas alturas como recurso económico. El pastoreo de los primeros pobladores vascos y sus rituales religiosos ha dejado notables testimonios megalíticos que pueden verse todavía hoy en numerosos puntos estratégicos y nos saldrán al paso cuando caminamos sobre la cadena. También la cultura romana encontró en este extremo del Pirineo uno de los mejores accesos a la península Ibérica y dejó su testimonio en los restos de puertos y asentamientos localizados en la ciudad de Irún pero también en las minas de hierro explotadas en las entrañas de las Peñas de Aia, las mismas que más tarde han ofrecido material abundante para las numerosas ferrerías que se asentaron en los valles y monumentos erigidos a sus conquistas o pasos históricos como el trofeo de Urkulu.
Los extensos y ricos bosques de hayas que poblaron las laderas de las alturas sufrieron durante largo tiempo una intensiva explotación pero el amor de los vascos por su tierra impidió que terminaran siendo esquilmados y todavía hoy se pueden disfrutar sus frescas y recónditas umbrías, en las cuales habitan además especies animales todavía típicas del área pirenaica.



10 de abril de 2020

Bilbao confinado. Aplausos a las ocho.


Por los creadores


No, yo no quiero que me ofrezcan un crédito, no quiero que me ayuden a endeudarme para aguantar en estricta supervivencia.
Yo solo quisiera ¡ay, qué utopía! que no recortaran los presupuestos destinados a la cultura, que las instituciones públicas sigan "invirtiendo" en cultura, que sigan defendiendo la necesidad de ese sector de la sociedad que alimenta almas más que estómagos hambrientos.
Yo quisiera que no se repita la desinversión y el apagón cultural que vivimos en la última crisis económica.
Yo quisiera que no detengan aquellos trabajos pendientes de aprobación para 2020.
Con que nos den trabajo a los creadores será suficiente para que podamos seguir viviendo y seguir creando.
Gracias.