18 de septiembre de 2014

He estado en el infierno

Lo he visto de muy cerca. O creo que algo así puede ser el infierno. En la punta de una montaña, mirando horizontes negros en todo el derredor, solo peinados por las cortinas de aguaceros descolgando de sus nubes, estruendos y ecos de truenos sobre mi cabeza, destellos brillantes, rayos impresionantes aquí y allá. Sin descanso, sin tregua, durante horas… Para despedirse, el ruido se ha tornado en aguaceros estrepitosos pero el viento no ha dejado de sacudir con lo que la lluvia golpeaba todo con violencia.

Durante un intervalo de calma llegó una luz por el infinito que enseñó sus mejores colores. Aquello me convenció de que incluso el infierno puede tener un final dulce.






27 de agosto de 2014

Fotografiar el vacío

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Cada vez que me reencuentro con un colega surge una pregunta recurrente: ¿en qué andas? ¿Qué estás haciendo?
Me lo suelen preguntar porque soy un poco irregular, me gusta picar en muchos campos y como buen free-lance soy aventurero y abierto a toda clase de experiencias fotográficas.
La de ahora tampoco es tan rara. Pero cuando surgió hace cuatro días la pregunta quien escuchó mi respuesta escribió en su rostro un gesto ceñido, estupefacto y consiguientemente interrogador. Estoy buscando agujeros, fotografío el vacío le dije. Le expliqué enseguida, para su tranquilidad, que no es exactamente el vacío lo que fotografío sino el hueco dejado algún día por rocas de toda índole en el paisaje. Pero resulta divertido tener que explicar la búsqueda, aunque es más divertida la búsqueda misma, sobre todo cuando obliga a marchar por tierra, mar y aire con la mirada atenta. Aunque a veces uno corra el riesgo de perecer en el intento si no contara con ayudas fundamentales. Gracias Rober y César.



21 de agosto de 2014

Un caballo mirándome



Caminaba solo, entre las nieblas que amenazaban un chaparrón inminente. Nadie en las montañas porque los seteros ya habían marchado de vuelta con su trofeos escondidos. Nadie a esa hora de los madrugadores en busca de silencio y luz.

Iba mirando esas siluetas imponentes que se van recortando como fantasmas apareciendo y despareciendo. De pronto aquellas siluetas tomaron vida. Se me quedó mirando creando una fantasía que me hizo dudar de si era cierta tanta belleza. Duró solo un instante. Pensé que él estaba tan sorprendido como yo y marchó enseguida como si no quisiera perturbar mi camino. Se equivocó porque me hubiese gustado quedarme mirando un buen rato. Pero casi fue mejor. Luego vinieron los montañeros del domingo, comenzó el ruido, llovió, salió el sol. No estuvo mal pero lo mejor fue aquel caballo mirándome. Sucedió en Aiako Harria. Me gustan los caballos.

13 de agosto de 2014

Me siento culpable


¿Culpable? ¿Responsable?
De haber colaborado en el incremento del turismo francés en Vitoria-Gasteiz este verano.
De haber sembrado interés por lo que pasa en este pequeño país.
Lo  han dicho al analizar las cifras de visitantes extranjeros a las fiestas de la capital alavesa en 2014:  ha crecido el número de viajeros, especialmente de franceses.
Sí, les dicen franceses también a los vascos del norte y ahí, quizás, mi responsabilidad. Porque más de diez mil ejemplares de la revista Ibilka se han mirado en el sur del territorio francés y ahí estaba mi firma, mi mirada sobre las fiestas de la Blanca en un pequeño reportaje firmado por Txomin Laxalt. Otro reportaje con las mismas firmas en esa revista viajaba por las bellezas y caminos de Jaizkibel. Probablemente por allí también crecerá el número de “franceses”.
Que nos lean, que nos miren, que nos sigan, certifica que nuestro trabajo es importante porque tiene capacidad de influir en la sociedad y en el entorno; significa que debemos hacerlo bien, con honradez y sinceridad.
No esperaremos un premio ni una propina por la economía derivada que se haya generado. Nos bastará con que siempre nuestro trabajo esté lo bastante bien pagado para poder hacerlo de este modo.



4 de agosto de 2014

Ibaizabal o Nervión





¿Cuál es el afluente?

Me asalta esta pregunta mientras trabajo en un proyecto sobre las fuentes principales de los ríos de Euskal Herria. 
¿Es el Ibaizabal o el Nervión el río principal de esta cuenca que tiene la ría de Bilbao al Abra como desembocadura en el golfo de Bizkaia?
Tantos ríos de tinta corridos como las propias aguas que vierten al mar no terminan de poner en orden las ideas. Todavía en la literatura geográfica más actual se mantiene esta controversia y lo mismo hay quien considera que el Nervión es un afluente del Ibaizabal que quien considera que este es el principal y el Nervión su afluente, o quien, salvando los papeles, habla de Nervion-Ibaizabal o Ibaizabal-Nervión, según sea la pluma.
Probablemente esta confusión es remota porque si leemos cualquiera de nuestros referentes en descripción geográfica del territorio vizcaino como por ejemplo son Humboldt o Delmas descubrimos que esa imprecisión es muy vieja. Wilhelm von Humboldt (Don Guillermo) escribe en 1801 (Los Vascos) cómo el viajero verá desde Bilbao “las encantadoras márgenes del Ibaizabal” para anotar al pie que “lleva este nombre solo desde su unión con el Nervión”. Juan Eustaquio Delmas escribía en 1864 (Guía Histórico-Descriptiva del Señorío de Vizcaya) que de los seis ríos en importancia en el territorio “Es el primero el Ibaizabal o Nervión, que toma origen en las fuentes de Délica, en la Peña de Orduña…” A la lectura de estos texto la confusión está ya servida.
Podremos dirimir la cuestión basándonos en datos numéricos: caudales, longitudes, superficies…
¿Alguien puede confirmar el caudal máximo de la cuenca de cada uno de los dos ríos? ¿Alguien puede hacer lo mismo con la longitud de todo su sistema? ¿Alguien puede aportar el dato exacto de cuál es la superficie de sus cuencas? Dejo la tarea a los geógrafos y sus reglas de cálculo para que sigan, si les parece, discrepando.
Porque, si decidiéramos cuál es el río principal basándonos en el dato más usado en tiempos modernos como es la distancia de la fuente a la desembocadura, es decir la distancia que una gota de agua está obligada a recorrer desde el nacedero hasta el mar, ganaría el Ibaizabal por no menos de diez kilómetros.
Me basta esa razón, es para mí suficiente argumento teórico, aspectos emocionales que también cuentan y mucho aparte, para en adelante considerar al Ibaizabal como río principal.





18 de julio de 2014

Yo también estuve “apunado” en viaje por la N40 argentina

Cardones a pie de ruta
El titular se lo prometí a un argentino de alma navarra a un costado del centro de la ciudad de Salta. Después de haber pasado sin problemas dos largos meses en el campo base del Everest nunca pensé que la altitud golpearía tan fuerte en mi cabeza. Pero la Puna es otra cosa y eso lo supe ante unas empanadas salteñas cuando me dijeron que ya está acuñada la expresión de “estar apunado” para referirse al efecto de la altitud en la región de la Puna, al vivir entre los 3.500 y 4.500 metros. Dolor de cabeza, somnolencia, malestar y fatiga constantes son algunas de las manifestaciones más leves; las náuseas, falta de apetito y hasta ocasionales edemas pueden terminar agravando las consecuencias.
Pues sí, yo también estuve apunado mientras viajaba desde la frontera de Bolivia con Argentina hacia el sur, procurando seguir desde La Quiaca la pauta de una ruta que un día soñé recorrer: la N40 argentina.  Vi por primera vez sus trazos hace varios años en las tierras patagónicas y entonces me dije que algún día haría ese viaje. No lo he terminado pero sí iniciado.  La 40 recorre en el norte argentino parajes infinitamente solitarios, atraviesa valles inmensos bajo montañas inalcanzables, zigzaguea entre inverosímiles caprichos de la geología, visita aldeas donde viven pequeñas poblaciones indígenas o recala en pueblos instalados acá en un desierto, allá en un paraíso.
Poca Cuarenta porque me atrapó el invierno, porque los ríos estaban helados, porque mi calendario era limitado, pero suficiente para prometerme el regreso. Para volver a llenar el coche con los niños que caminan cada día media docena de kilómetros hacia su escuela; para escuchar a la enfermera que, balanza romana en mano, hace auto stop para ir a visitar a las parturientas y a pesar a los bebés, casa por casa; para descubrir los viejos caminos incas o los poblados de los Quilmes y por supuesto para fotografiar horizontes, vidas y pasiones.

Yo también estuve apunado de viaje por la 40 argentina. Volveré.

De la quebrada de Humahuaca, puerto arriba

En La Quiaca

Caprichos de la geología

El ripio en rectas infinitas

Salinas Grandes y su horizonte eterno

Ríos Helados y montañas de colores

9 de julio de 2014

ITURBE, un topónimo vasco en la Puna


A las puertas de Iturbe
Muy al norte, arrumbando casi a las fronteras Argentinas con Bolivia, un topónimo vasco irrumpe en los mapas de la geografía atormentada de la Puna. Para alcanzarlo hay que recorrer siete kilómetros por una zigzagueante y polvorienta ruta de ripio que arranca desde la N9, la transitada vía de asfalto que remonta en un continuo ascenso desde las orillas del Paraná hasta tocar Bolivia. Iturbe roza los 3500 metros de altitud y ocupa las dos laderas de un escaso arroyo que, paradójicamente lleva en los mapas el nombre de Río Grande. “El río, le decimos, nada más” se explica Mary apoyada en el mostrador de la despensa que en Iturbe recibe con su nombre pintado en mayúsculas gigantescas sobre el umbral de la puerta. De vascos ella no sabe nada; de la fundación de este pueblo tampoco; lo confiesa con normalidad y sin preocupación: “siempre lo conocimos así, nadie nos dijo nada sobre eso”,  comenta justificando la falta de historia sobre un rictus impávido. Mary se expresa detrás de una añosa pero lisa tez morena que avisa de los rasgos comunes a las gentes de esta comarca jujeña y confirma que antaño el ferrocarril pasó sobre el río “pero de eso hace ya mucho tiempo”. En el rellano que recoge la mayor superficie urbana de Iturbe sobreviven aún las instalaciones del servicio ferroviario, testigos mudos de un pasado más floreciente y vecinas de tres alineaciones de moradas austeras en adobe. Varias alineaciones más de humildes casas del mismo material constructivo se encaraman en las dos laderas que miran al río.
Dos jóvenes conversan, a la sombra, donde algún día debió haber una plaza y ahora solo se alternan lo que parecen talleres y viejas viviendas; unos niños juegan en un rincón del barrio alto;  levantan una polvareda cuando corren sobre la tierra reseca a esta hora en la que el calor del mediodía se empasta con el silencio que sólo rompe el trepidar lejano del autobús que llega desde la turística localidad de Iruya.
Al pie de la ruta, reptando las zigzagueantes curvas que la ruta de ripio obliga a soportar,  el viajero encontró a una joven que pastoreaba un rebaño de ovejas. De su nombre solo podría apuntar un levantamiento de hombros, única respuesta que logró a la pregunta, pero, como si la moza quisiera guardar su secreto al forastero, le devolvió al menos una amable sonrisa al escapar tímida hacia sus ovejas. Menos da una piedra.
Pero Iturbe tiene más raíces que las que se encuentran preguntando en la calle. Su nombre, que traducido de la lengua de los vascos viene a decir “debajo de la fuente” por la contracción de las dos palabras iturri y azpian tiene origen en el apellido del ingeniero que proyectó el importante trazado ferroviario que enlazó Jujuy con Bolivia En realidad esta aldea se denominó Distrito de Negra Muerta, jurisdicción del departamento de Humahuaca, pero en el siglo dieciocho pasó a adoptar el nuevo nombre de Iturbe en homenaje y reconocimiento a Octavio Iturbe. Dieciocho años más tarde la comisión municipal recibió el nombre de Hipólito Irigoyen y así resultó que, según quién y el momento, le llamaron Negra Muerta, Iturbe o Hipólito Irigoyen.
De nuestro maestro ingeniero, responsable de que ese rincón del mundo lleve nombre vasco, descubrimos que su linaje procede de Gipuzkoa y que fue un tal Juan Iturbe e Ibarguren el primero que llegó a establecerse en San Salvador de Jujuy el 19 de febrero de 1748.
El caso es que a la entrada y también en el centro luce bien lindo el cartel de Iturbe que nos interesa, a más de 3300 metros de altitud, tocando las vecindades de Tres Cruces, Cochinota, Yavi e Iruya. Animado por el tránsito de viajeros a Iruya, vendido este lugar como uno de los últimos paraísos de la Puna al toque con Bolivia, Iturbe se beneficia del paso de los viajeros montando tienditas de artesanías de lana de llama o de vicuña, de barro o mejunjes y cremas hechas con coca o venenos de víbora.

Que el responsable de la existencia de Iturbe fuera el trazado ferroviario General Belgrano significa tanto como que cerrada la línea el pueblo se vino a menos pero no murió. Supo mantener su escuela, supo sobrevivir gracias al pastoreo y ahí sigue, enarbolando su nombre con honor.


La ruta de aproximación, transitada por el autobús colectivo que concluye en Iruya

Iturbe desde el barrio alto

Tranquilidad a mediodía

El ferrocarril mantiene sus huellas en Iturbe

22 de junio de 2014

Adiós Argentina

Buenos Aires
¡Adiós Argentina!, ¡hola Uruguay!, ¡adiós Uruguay!, ¡hola Argentina!
Deprisa, deprisa. Podría ser el lema del fotógrafo “on mission”, con calendario cerrado pero sin programa definido de trabajo. Así han pasado mis diez días por Buenos Aires y Montevideo, entrelazando contactos, cruzando historias y buscando imágenes narrativas, evocativas, humanas, personales, estéticas.
Uno no sabe, a veces, qué va a lograr ni cómo terminará cerrando su trabajo pero la única manera de encararlo es la insistencia y la búsqueda constante.
En ese empeño las calles y escenarios bonaerenses han sido más generosos mientras Montevideo lo ha puesto muy difícil. La invasión del mundial de futbol imponiendo colores y ruidos en cada rincón del mundo en ambas orillas del Río de la Plata parecía priorizarlo todo a cualquier otra cosa en la vida de los dos países vecinos.      
Escuchar al tiempo los ecos futboleros en medio del estruendo de un tráfico hipercontaminante, respirar bajo presión y caminar, caminar, caminar en una periferia gigante e inabarcable se ha convertido en compañía cotidiana en estos días. Pero por el camino quedan algunos encuentros bellísimos, algunas lecciones de herencia y sentimiento y algunas historias que, desde nuestra Euskal Herria lejana debiéramos conocer de más cerca. Hemos ido para contarlo y en octubre tendrá letras e imágenes impresas en papel.
Mañana enfilo otro rumbo más paisajístico, más estético pero más aventurado. El norte argentino me espera.

Montevideo

Montevideo

Río de la Plata

19 de junio de 2014

Cambio verano por invierno

Liniers, el más grande mercado de ganado de Suramérica

No, esta vez no es por ir contra corriente, cosa que me gusta hacer a menudo. Esta vez me obliga mi destino porque cuando en mi tierra se aproxima el calendario al verano me toca viajar al sur americano donde las fechas anuncian precisamente el tránsito del otoño al invierno.
Indagar sobre las raíces vascas, retratar el perfil humano de los herederos de la emigración, identificar símbolos y atrapar signos que evidencian la memoria de lo vasco son algunos de los puntos calientes de la agenda que me llevará en las próximas semanas por Buenos Aires y Montevideo.

Hay otra parte de la agenda menos precisa, con mirada al norte, con sello de road movie, carreteras sin asfalto, desiertos y horizontes infinitos que se llama viaje al noroeste argentino. Lo contaré, por supuesto, lo uno y lo otro, siempre a través de mis fotografías, del modo que acostumbro y que más me gusta hacer.


Museo de la inmigración, en Buenos Aires