Hay muchas fotos. Por todos los rincones, por todas las esquinas, en escaparates, aquí y allá. Vitoria Gasteiz se hace por unos días capital de la fotografía enseñando exposiciones de alto nivel y también trabajos de recién llegados de no menos nivel. Historias impresionantes, sencillas, violentas y amables, todas están en Periscopio dialogando con el público, al aire libre o a cubierto de edificios públicos o señoriales. Están los maestros clásicos, como Irving Penn, Edward Steichen, Man Ray y otros contemporáneos de la talla de Annie Leibovitz en la excepcional exposición de Vanity Fair, las cientoypico imágenes de 125 nacionalidades de todo el mundo seleccionadas por el World Press Photo entre más de 100000 fotografías concurrentes. Hay más, mucho más aparte de estas perlas y este es un buen momento para callejear por Vitoria-Gasteiz mapa en mano siguiendo el rastro de la fotografía. Merece la pena, incluso si no se tiene mirada de fotógrafo.
Fui terrorista por ser aficionado a la fotografía, cuando aún lo era, y me atreví a sacar la cámara en busca de imágenes mientras los estudiantes y casi todo el mundo en Euskadi nos manifestábamos contra la dictadura. Fui terrorista por ser fotógrafo y coincidir una tarde en un pueblo en el que estaba un militante de ETA al que no conocía y con quien no hablé nunca. Fui terrorista por ser fotógrafo y haber cruzado infinidad de veces la frontera y recorrido todos los pueblos de Iparralde (País Vasco francés) para ilustrar una enciclopedia. También fui terrorista por ser fotógrafo y haber dormido en una montaña para esperar un buen amanecer y porque siendo fotógrafo pisé una pradera particular para obtener un buen primer término al componer un paisaje o porque siendo montañero y fotógrafo un cuaderno de campo manuscrito con los movimientos en una colonia de buitres se convirtió en un criptograma para un Guardia Civil inspirado en una noche solitaria. Todas estas veces y muchas más se me trató como aquello, se procedió a interrogatorios, se me apuntó con armas de todos los calibres, me mantuvieron contra mi coche, contra la pared, se registraron mis bolsas, mochilas, cajones y bolsillos. Siempre por ser fotógrafo.
“¡Ah!, tú eres el fotógrafo”. Así me dijo el poli bueno en una comisaría a la que me trasladaron a las dos de la mañana esposado con las manos a la espalda después de haber irrumpido en la casa de mi familia sin más autorización que decir: “le estamos aplicando la ley antiterrorista”.
El malo había dicho un rato antes: “¡…ahora es cuando tienes que hablar porque si no empiezan las hostias!”(sic)
Claro, yo no tenía nada que pudiera interesarles más que la vida de un estudiante de periodismo que intentaba vivir trabajando como fotógrafo.
Mis dos mejores amigos, con quienes tracé mi vida de colegio y de montaña estaban aquella noche sin yo saberlo sufriendo las mismas circunstancias en recintos contiguos de la misma comisaría. Sólo porque yo era fotógrafo.
Después de haber cazado algunos gorriones en mi adolescencia criaba bichos en mi casa, me convertí en lo más parecido a un ecologista pacifista y luego fui feliz porque me considerasen inútil para el servicio militar. Eso no estaba, parece, en las fichas policiales; solo los viajes, la vida singular, los disparos fotográficos…
Quizá un día debería contarlo con más detalle.
Ahora podré, espero, seguir haciendo las mismas cosasy ya no me tomarán por terrorista más.
Hoy es un buen día en Euskal Herria, es un buen día en el mundo porque hay quien ha decidido que es mejor hablar con el vecino que disputarle la vida.
Nos quedan muchas energías todavía y ahora todas serán para lo positivo, para sumar, para crear, para ir más lejos. Los vascos tenemos camino para recorrer con mucha tarea por delante y ahora vienen tiempos de esfuerzo pero tiempos mejores.
Caminando por Bilbao la Torre Iberdrola se hace presente desde casi todos los ángulos. Esa mirada es abierta y pública. No lo es tanto poder atravesar con ella los vidrios de sus deslizantes fachadas para llevarla sobre la arquitectura y el urbanismo de Bilbao. Tuve una oportunidad de estar en unos de los pisos más altos antes de que las fachadas se cerraran para siempre y haberlo contado entonces ha permitido volver a ver otro Bilbao desde un plano intermedio, desde la planta 18 del edificio. El sol no ha estado dispuesto, tampoco los cristales del envoltorio permiten un enfoque limpio, pero eso no impide ratificar que la torre ofrece una panorámica única de Bilbao, una vista de arriba abajo que atrapa a fotógrafos y observadores de toda clase. Ha sido una convocatoria de Radio Euskadi con contertulios diversos en la que hemos coincidido tres almas de altura: el alpinista superviviente Juanjo San Sebastián, el escalador cantante Francis (Doctor Deseo) y el que suscribe, compartiendo experiencias y sensaciones de vértigo con otros personajes bilbainos. Lo hemos contado en entrevistas y testimonos en el Boulevard radiofónico. Y, aunque asomarse al helipuerto no nos ha sido concedido, hemos podido descubrir algunos rincones singulares que la perspectiva de la torre ofrece, incluida la teñida fuente de la Plaza Elíptica.
Aún no es tiempo aunque el clima aventura el calendario. Aún faltan meses pero ya hay quienes anticipan las celebraciones de carnaval. Como mandan los cánones de la fiesta en Euskal Herria: con implicación social y relaciones, con encuentros esperados, con comida abundante, música y trajes. Al fotógrafo se le ha concedido un privilegio sin tener que pelear esta vez por un cuadro perseguido, sin sentirse violador de escenas íntimas, casi pasando de espectador a partícipe. Sucedió por Malderreka, en Navarra, entre caseríos y caminos de altura.
He visto la niebla cerrarse tras las jornadas de viento sur que atraen a las aves migratorias dibujando nubes estrambóticas; he visto a los árboles teñir sus vestidos con colores emocionados sabiendo que después quedarán desnudos al viento; he visto crecer sobre las praderas agostadas a las delicadas flores malva que llaman "espantapastores" y he visto marchar a los rebaños montaña abajo, trashumando hacia el calor y los pastos amables.
He visto y sentido que el otoño está aquí depositando en la naturaleza sus signos inequívocos: el viento, las flores, las mareas, la vegetación, la noche... Es bueno que el planeta esté vivo y es mejor aún que podamos percibirlo y sentirlo; incluso es hermoso que podamos fotografiarlo.
Que nos hablen a los vascos de inmigrantes, de inmigración, de explotación al contrario, de negros, de blancos, de extranjeros… La historia debería podernos enseñar algunas lecciones.
Más de seiscientas personas se reunieron el sábado 10 de septiembre en las localidades navarras Eugi y Zubiri en torno a varios cientos de pastores, de vascos que fueron algún día pastores y emigrantes en América.
Lo mejor fueron los abrazos, los encuentros tras muchos años de separación, los recuerdos en torno a las fotografías de antaño o a las faenas que aprendieron para sobrevivir. De aquellos recuerdos destaca la miseria de un tiempo que les forzó a marchar muy lejos de sus casas en busca de un modo de vida; aquel “marchar a las américas” no era precisamente ir a la gloria, suponía llegar a tierras desiertas donde el pastor permanecía solo durante meses, con la única compañía de varios miles de ovejas y viviendo en un escueto carromato.
De ese tiempo de emigración se cruzaban e intercambiaban los recuerdos, todos porciones de historias contundentes: la de aquel que sólo el primer año acabó con 18 “cascabeles” (serpientes) que se le cruzaron en el camino, del que estuvo 35 años continuados hasta retornar a su añorada tierra, también la del que salió huyendo a los tres años y medio sin cumplir el contrato incapaz de soportar aquello por más tiempo o la del que supo que lo mejor era aprender inglés y terminó trabajando de intérprete a su regreso a Navarra.
Nos enseñaron que se entienden igual en inglés que en euskera, que saben hacer pan y siguen amando a su tierra y sus gentes.
Muchas historias concentradas, muchas vivencias de emigrantes que huyeron de la miseria para vivir angustiosamente, muchas imágenes con memoria que deberíamos conocer y contar tan bien como lo hace el periodista Ander Izagirre.
Son emigrantes, muchos volvieron, muchos siguen siendo emigrados.
Fotógrafos viejos y fotógrafos jóvenes viendo, hablando y reflexionando sobre fotografías de mayores. Eso es el GETXOPHOTO que arranca hoy bajo el bonito lema de "elogio de la vejez". Abundan los buenos fotógrafos en el cartel y, junto a ellos, lo mejor es el encuentro de quienes vamos a mirar, a escuchar y aprender bajo el pretexto de la fascinación del acto fotográfico. "Mirar de frente a la vejez", así ha defendido la propuesta el comisario Fran Kalero para emprender su búsqueda en la definición de los contenidos de esta edición. Yo estaré, también en el taller de Arianna Rinaldo, pero quienes lo tengan difícil para asomarse a esta ventana fotográfica pueden conformarse con ver el libro de Getxophoto 2011.
Está de moda hablar de cachalotes, de los que nadan en la costa del Golfo de Bizkaia y de los que a veces naufragan en las playas como ha sucedido recientemente en Zarautz. Esos tienen dientes y una cola descomunal como hemos descubierto mientras enterraban el pesado cadáver a la espera de recuperar su esqueleto.
Buscando en los horizontes de un mar interior he encontrado hace unos días un cachalote sin dientes. También estaba varado o a mí así me lo pareció mientras el oleaje acariciaba su cola. Era casi de noche y no pude ver sus ojos pero supe que su tamaño era descomunal ya que para fotografiarlo necesité ocho disparos alineados con un gran angular. Le he llamado el "cachalote sin dientes" y todavía nadie me ha podido decir si se organizarán visitas turísticas para conocerlo. Por si acaso presento aquí para disfrute público una de las muchas fotografías que me ofreció.