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5 de noviembre de 2012

Fotografiando la capital del fin del mundo


Mi amiga  y viajera Cateryn está emocionada de haber fotografiado Islandia llegando desde Brasil. He preferido que ella misma lo cuente como lo siente. Ahí está su historia.


 
Tras años de viajes y vueltas al mundo por fin realicé uno de mis sueños, para lo cual, recorrí la mayor distancia de todos mis años de “viajaring”, lo cual, como buena aficionada a la fotografía, aproveché para captar imágenes increíbles. Cogí un avión en Brasil, donde vivo y, con paradas en  Madrid y Londres, me planté en Islandia, en pleno noviembre.
Era mi sueño, porque el país nórdico es un mundo apasionante de contrastes y su capital, Reikiavik, un pequeño paraíso helado. Reikiavik (en islandés, «bahía humeante») es la capital más septentrional del mundo. Rodeada de géiseres y con sólo unos 120.000 habitantes (un tercio del país), presenta la mayor tasa de publicación de libros del mundo y un circuito cultural muy activo. Además, está en la lista de las 15 ciudades más verdes del mundo.
Música en el hielo
Reikiavik celebra cada año el mayor festival de música del país, el festival Iceland Airwaves, con más de 450 bandas tocando durante una semana entera, durante la cual la ciudad dobla su población. Hordas de extranjeros, artistas y locales se mezclan componiendo un paisaje pintoresco que un fotógrafo no puede desaprovechar. El viajero amante de la fotografía podrá captar los contrastes que ofrecen los cielos grises y la luz intensa con los vivos colores de casas y tejados. Pero para captar completamente el momento lo ideal sería filmar la variedad de estilos musicales, desde el indie a la electrónica pasando por el rock, punk o incluso el reggae, sin olvidar el potpurrí de lenguas de todos los rincones del planeta que se hablan esta semana en la capital islandesa.
Géiseres, volcanes y aurora boreal
Sin duda lo más impresionante que el amante del “viajaring” podrá fotografiar en Islandia son los imponentes paisajes de la isla y, con suerte, las luces de la aurora boreal. Kilómetros de carretera le llevarán por parajes salpicados de géiseres, cráteres y volcanes, que juntos componen un paisaje de otro mundo, verde pero casi sin árboles, lleno de ovejas pero casi sin personas y con pueblos y ciudades pesqueros. Si el viajero llega entre septiembre y marzo, podrá fotografiar la aurora, pero para ello es preciso una cámara, al menos semiprofesional y un trípode.
Eso sí, hay algo que la fotografía no puede captar: cómo Islandia, el país que sufrió la mayor crisis económica de la historia, se levantó en tiempo récord a base de democracia y de un enfoque totalmente único. Pero eso es otra historia...

14 de abril de 2012

Montañas o volcanes



Solo son montañas pero en ocasiones la luz y las circunstancias las convierten en volcanes por un instante. Sucedió en otra ocasion mirando a los perfiles de Larrun y también amaneció recientemente en esa evolucion de luces en el Ori, inceciado al alba y humeando nubes en la jornada siguiente. Pura casualidad pero suficiente para activar la imaginación.


6 de marzo de 2012

Volver. Tenerife mon amour



He de confesar que mi propósito estaba en otro lugar pero circunstancias de la vida, de las compañías aéreas cuyo nombre no quiero escribir más bien, me han traído a Tenerife. De excursión, diría el otro, de descompresión, algunos, de desconexión, el que escribe. Eso sí funciona: cortar por lo sano el compromiso cotidiano para entregarse al plan de “lo que me apetece”, sin más. Como ahora mismo que me limito a escuchar mezclarse el viento con el batir de las olas bajo siluetas de montañas fantásticas. Esa es también la ventaja de volver, sabiendo incluso que reaperecerá la sorpresa porque, como ya he dicho más veces, nunca un lugar es igual al que viste antes. En esa sorpresa estoy envuelto, feliz, sabiendo que me esperan otras tareas, mirando paisajes entre plátanos, oyendo del frío lejano mientras me acaricia el sol. Rescatar estos privilegios cuando se puede parece imprescindible para la restauración de fuerzas. Entretanto la mirada fotográfica se reconcilia con lo conocido, lo escudriña de nuevo, indaga y rebusca en un ejercicio libre de obligaciones que permite una valiente diversión.
En Tenerife revivo las emociones del desierto, las furias de los volcanes –incluso apagados- la fuerza de los colores de la naturaleza y la capacidad humana para anclar sus vivencias a la nada o casi nada. También el retorno a las laderas del Teide para caminarlas despacio, casi acariciando sus lavas, sopesando las piedras livianas como el aire o densas como la misma obsidiana, para esperan en ella el ocaso o el movimiento de las nieblas meciéndose sobre el océano.
Volver siempre tiene su encanto y sus sorpresas.